De cómo una feminista tiene que estar siempre ojo avizor cuando lee filosofía

Siempre me han gustado los ejemplos en filosofía. Quizá se deba a una manía muy femenina por lo concreto. Pero hay algo más. Es como encontrar tesoros por los rincones, en el fondo de los armarios. Walter Benjamin aconsejaba no sólo mirar el bordado de la historia sino también el envés de la tela, allí donde se podía descubrir el trenzado oculto de los hilos. Pues eso mismo, los ejemplos de los filósofos son para mí un material inestimable para la reflexión, porque tengo la impresión que es uno de los momentos en los que por la boca muere el pez.

Los filósofos pretenden iluminar la dificultad de sus escritos echando mano de metáforas, comparaciones, ejemplos, analogías. En la mayoría de los casos, este descenso a lo concreto, pese a su apariencia de caso particular, se ofrece como un paradigma de sus tesis, o sea como algo más que un ejemplo, como un ejemplo ejemplar. Por eso, cuando nos topamos con algo así, hay que ralentizar el ritmo de lectura y fijarse mucho en los términos que se emplean. Durante años, cuando enseñaba filosofía en los institutos, llamaba la atención de mis alumnos hacia esos raros momentos en los que el filósofo parecía bajar del cielo de las ideas y aterrizar en cuerpos, lugares, sabores y situaciones.

Creo que mi primera experiencia al respecto no me vino a través de la lectura de un texto sino de algo que me sucedió en una clase de 5º de carrera con el profesor Josep Lluis Blasco en la asignatura de “Teoría del Lenguaje”. Mi muy querido profesor, al que yo respetaba por muchos motivos -entre los cuales su clara posición antifranquista (estoy hablando de 1975)-, se permitió ilustrar lo que pretendía explicar poniendo ante nuestros ojos una escena cotidiana, como suele hacer la filosofía analítica: en este caso, sin el menor asomo de crítica, la situación de juego del lenguaje tenía lugar entre el marido que llegaba después de una jornada de trabajo y se calzaba sus zapatillas, se sentaba en su sillón y se ponía a leer el periódico, y su mujer que estaba en casa. Salté sobre mi asiento, le interrumpí y le pregunté si no había encontrado un mejor ejemplo que poner que aquel tan claramente machista.

La experiencia de aquel día fue el inicio de la atención que, a partir de ese momento, he concedido a los ejemplos. Es como si pudiera desvelar a través de ellos algo de la carnalidad de los filósofos, esos individuos que siempre parecen en sus personas estar al margen de sus teorías y sus teorías al margen de la historia. En el prefacio a la Crítica de la Razón Pura Kant compara la labor positiva de la crítica con la de la policía, afirmando que ese cuerpo no tiene la función meramente negativa de impedir: al igual que los límites que impone la policía sirven para que se desarrolle en su interior la vida ciudadana, los límites de la razón permiten que en su seno sea posible el conocimiento científico. Sin duda, este ejemplo pone de manifiesto algo de la personalidad de Kant, y no precisamente algo por lo que me sea simpático.

Cuando los ejemplos atañen a las mujeres, se me quedan grabados a fuego. Recuerdo con dolor lo que algunos filósofos a los que admiro han dicho. Spinoza establece una diferencia de intensidad entre matricidios. Partiendo de la base que no admite la existencia de algo parecido a un Bien o un Mal universal, Spinoza se plantea acerca de si existen criterios intrínsecos para juzgar una acción. Y aquí viene su ejemplo: el matricidio de Nerón es peor que el de Orestes. Nerón es meramente destructivo, pero por el contrario Orestes mata a Clitemnestra para renovar su vínculo con Agamenón, su padre. Lo peor es que fue Deleuze el que me hizo notar este ejemplo, corroborándolo. A mí me horroriza, si además de todo tengo en cuenta que la diosa Atenea proclama, en defensa de Orestes, que es la sangre de un padre, y no la de una madre, la que cuenta ya que somos hijos de nuestro padre, de ellos es la semilla de la que nacemos.

Y de nuevo me acabo de encontrar con otro ejemplo que no olvidaré. Esta vez leyendo a Gramsci. En el cuaderno 12 de los Cuadernos de la cárcel, Gramsci defiende que todos los humanos somos en cierto sentido intelectuales, porque cualquier trabajo manual no es nunca puramente físico, ya que en él hay aunque sea un mínimo de cualificación técnica, de actividad intelectual creativa. Ahora bien, no por el hecho de que los humanos apliquen el intelecto a sus actividades de vez en cuando cumplen la función ideológica de los intelectuales en la sociedad. Y aquí viene el ejemplo. De igual manera que no es intelectual el que un día aplica su pensamiento a su trabajo, tampoco el que, un día, se fríe un huevo o se cose un botón, diremos que es un cocinero o un sastre. Cuando leí esto, me quedé enganchada, no podía seguir leyendo sin analizar lo que acababa de leer.

Lo que me toca las narices del ejemplo es que Gramsci invisibiliza a las mujeres. Las mujeres no sólo fríen huevos y cosen botones habitualmente sino que no son cocineras ni sastres, son simplemente mujeres. Gramsci podría haber dicho que de igual modo que no es intelectual el que en ocasiones aplica su mente a sus tareas, tampoco la actividad esporádica de freírse un huevo hace del varón una mujer: hubiera sido maravilloso, habría contenido incluso un elemento de crítica feminista.

Ya sé que todos somos hijos de nuestro tiempo y que no podemos saltar por encima de los límites de la episteme de una época. No espero que un pensador de comienzos del siglo XX sea un feminista avant la lettre. Pero su ejemplo refuerza el orden simbólico patriarcal.

¿Estoy exagerando? ¿Es una tontería? A mí me parece que, en su pequeñez, un tornillo mantiene en marcha el buen funcionamiento de una maquinaria. Para desmontarla hace falta saber señalar dónde están los tornillos y comenzar a desatornillarlos. Hasta que se desmorone.

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5 respuestas a De cómo una feminista tiene que estar siempre ojo avizor cuando lee filosofía

  1. carme dijo:

    Cuanta verdad y no es ninguna tontería. Me ha gustado muchísimo este texto, me hace recapacitar. Como te puedo agradecer este y los demás escritos? Estoy aprendiendo gratis! Nunca me he atrevido a saludarte cuando he asistido a tus charlas. Muchas gracias de verdad.Bona nit.

  2. Irazoqui dijo:

    Me encanto esto ” A mí me parece que, en su pequeñez, un tornillo mantiene en marcha el buen funcionamiento de una maquinaria. Para desmontarla hace falta saber señalar dónde están los tornillos y comenzar a desatornillarlos. Hasta que se desmorone.”
    Excelente escrito.

  3. Alfonso dijo:

    No es el primer escrito que veo criticando la mentalidad machista de los hombres en los siglos anteriores. Teniendo en cuenta, como usted misma dice, “no podemos saltar por encima de los límites de la episteme de una época” (salvo contadas excepciones), me parece difuso el fin que se persigue señalando y criticando algo que es obvio. Antes que quitar validez o tratar de corregir la teoría de un autor de hace siglos por el hecho de que haya “invisibilizado” a las mujeres en su teoría, o no les haya otorgado la misma valía que al hombre, me parece una pataleta y, volviendo a esos fines que no llego a vislumbrar, me provoca desconfianza.

    Siguiendo un poco el tema del post, citaré un ejemplo de Maquiavelo, brillante analista del s. XVI, conocido por presentar en su obra más famosa (de donde es esta cita) la política y la sociedad como son (eran), y no como deberían ser: “Porque la fortuna es mujer; y si se la quiere tener sometida, es necesario pegarle y golpearla. Se ve que se deja vencer más por estos (los temperamentos intempestuosos) que por aquellos que proceden fríamente. Como mujer, además, siempre se muestra amiga de los jóvenes, porque son menos respetuosos, más feroces, y la mandan con más audacia”. Si le damos algo de crédito a esta semejanza, se deberá a que de hecho existían esas similitudes de forma generalizada. Como ya sabrá, son muchos los célebres pensadores que no tienen una imagen demasiado buena de las mujeres, y se debe al perfil general que tenían. Por supuesto, sería injusto culpar exclusivamente a las mujeres de la situación que vivían, puesto que los varones participaron activamente en el proceso que las llevó a esa posición, pero igual de erróneo me parece culpar de todo a los varones si queremos construir un futuro concepto de mujer o sexo femenino sin trazas de condescendencia, autónomo y responsable.

    Desde luego, las grandes mentes, incluso aquellas que se emplean en criticar la ideología, se muestran en ocasiones ciegas hacia la propia suya. Sin ir más lejos, en su ejemplo de Gramsci, en ese fragmento no cita en absoluto a las mujeres, se refiere a toda persona como “hombre”, y habla de esos mismos como los que fríen huevos o hilan. Aquí encuentro dos motivos por los que, como mujer históricamente vilipendiada por el patriarcado, podría molestarme: O bien porque entiendo que con “hombres” deja totalmente fuera a las mujeres; o bien porque aunque pienso que “hombre” es inclusivo, mi propia ideología me hace sustituir esos “hombres” que fríen huevos o hilan por mujeres, y entender esa interpretación propia como si fuese del autor.

    Para finalizar. Está bien echar una mirada crítica a nuestra historia para comprender mejor el presente, pero si esa mirada crítica tiene una intención retroactiva de juzgar el pasado con la ideología de otro tiempo o, incluso, tratar de cambiar la historia, creo que nos equivocamos. Conocemos la situación de las mujeres históricamente, entre otras cosas la hemos visto en los escritos de estos autores que, más o menos misóginos no han expresado más que la mentalidad de la época y/o lo que ella reflejaba. Algunos de ellos, además, nos dejaron fragmentos en los que apreciar que no todos los hombres eran miopes ante la situación de las mujeres o explotadores e insensibles hacia las mismas (suponiendo, por supuesto, que en el reparto de roles y tareas las mujeres se lleven siempre la peor parte). Es el caso de este fragmento de finales del S.XII escrito por el cordobés Averroes:

    “En estas sociedades se desconocen las habilidades de las mujeres, porque ellas sólo se utilizan para la procreación. Por tanto, están destinadas al servicio de sus maridos y relegadas al cuidado de la procreación, de la educación y de la crianza. Pero esto inutiliza sus actividades. Como en estas sociedades las mujeres no se preparan para ninguna de las virtudes humanas, sucede que muchas veces se asemejan a las plantas en dichas sociedades. Representan una carga para los hombres, es una de las razones de la pobreza de esas sociedades; en ellas llegan a doblar en número a los hombres, mientras que, al mismo tiempo y en tanto carecen de formación, no contribuyen a ninguna de las actividades necesarias, excepto en muy pocas, como son el hilar y el tejer, las cuales realizan la mayoría de las veces cuando necesitan fondos para subsistir. Todo esto es evidente per se.”

  4. Yubitza dijo:

    Me gustó mucho tu escrito. También soy profesora de filosofía y muchas veces me he visto a mí misma dando ejemplos tan ejemplares, que calzan tanto con la “realidad”, y que lamentablemente continúan reproduciendo el mismo orden patriarcal. Es un constante esfuerzo el tratar de evitarlos, tarea cotidiana y constante diría más bien…
    El primer ejemplo de Spinoza se muestra evidente. Es verdad que el segundo adquiere esas “sutilezas” que no son directas, pero que siguen manteniendo esa reproducción simbólica referente a la producción de normas, modelos y hábitos de interpretación que van directamente relacionados con los procesos de formación de la identidad social, y por tanto, con la formación de nuestros estudiantes.
    En ese sentido no encuentro pertinente la crítica de Alfonso con respecto a tu crítica del ejemplo de Gramsci, que no es una crítica a él, Gramsci, como hombre machista, sino a su ejemplo como reproductor de ciertos órdenes simbólicos machistas. En ese sentido, sí se puede decir que las semejanzas que establecen los filósofos, a partir de interpretaciones generalizadas que se dan en la sociedad, son necesarias de ser revisadas y repensadas, desde una perspectiva que muestre los elementos reproductores de ordenes simbólicos injustos.
    Con respecto al último texto de Alfonso, el de Averroes, me gustaría a partir de ahí, volver a mostrar lo complejas que son esas interpretaciones generalizadas: fácilmente desde ahí, y poniendo como producto del “emsamblaje” de la sociedad, una lucha entre hombres y mujeres… se podría decir que, como la procreación, la crianza y la educación no han sido tareas valoradas más que en el ámbito femenino, generando su decadencia en las virtudes humanas indispensables para la sociedad, y volviéndose de esta manera una carga para los hombres, el haber excluido a los hombres de tales tareas, indispensables para el desarrollo de virtudes humanas “no indispensables para la sociedad” (las del cuidado, la crianza y la educación), estos hombres, podríamos decir que se han vuelto una carga también para las mujeres, una especie de hombres planta, que no viven, sino que solo piensan a partir de modelos pre-establecidos, y se sienten cómodos en su sensación de proveedores intelectuales. Esto es evidente per se, pues se trata de darle crédito a los ejemplos ejemplares que surgen de las similitudes que de forma generalizada se dan en la sociedad.

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