When I’m sixty-four

 

La canción de los Beatles dice:

Will you still need me?

Will you still feed me?

When I’m sixty-four

Aparentemente “you” es la otra persona en la que estaba pensando el autor de la letra, su pareja, su amor. James Hillman no se deja engañar por esta apariencia y afirma que las preguntas están dirigidas al propio daimon:

Daimon, ¿me necesitarás?

¿Me alimentarás?

Cuando tenga 64 años

Desde que lo leí, elegí quedarme con Hillman. Pero hasta ahora, en la memoria de esta interpretación, el alimento era mi argumento fundamental. En efecto -pensaba- espero que mi daimon me siga alimentando, o sea mi deseo, mi entusiasmo, aquello por lo que la vida es fuerte y apasionante. Conectaba esta idea con un par de crípticos textos de Nietzsche. En Más allá del bien y del mal, Nietzsche habla del “genio del corazón” para referirse al daimon, esa voz divina que nos interpela para recordarnos cuál es el camino que nos lleva hasta nosotros mismos. En Ecce homo, Nietzsche vuelve sobre ese genio, ese daimon, al que no sabe darle un nombre, pero es el que nos empuja a llegar a ser el que somos. Porque “devenir el que se es” es la fórmula de mi potencia.

El daimon no es moral. No es el Pepito Grillo de la conciencia bien pensante, porque es la cifra de nuestro ser particular, lo que nos hace ser uno mismo diferente de todos los demás. Y ¿quién puede decir en qué consiste ese ser particular? Si lo supiéramos sin dificultad, sin experiencia, sin probar una y mil veces nuestros anhelos y nuestros sufrimientos, podríamos contestar a la simple pregunta: ¿tú quién eres? ¿cuál es tu deseo?

Como no es fácil, hay que aprender a escuchar “al genio del corazón”. Es este genio el que nos guía, si somos lo suficientemente valientes como para seguirlo y descubrir nuestro propio tesoro, y así llegar a ser más ricos, aún cuando lo único que se ha recibido es a uno mismo. Sócrates hacía lo que hacía -y no dejaría de hacerlo aun cuando lo amenazaran con perder la vida, como de hecho sucedió- porque su daimon se lo había indicado. Entiendo que su daimon le decía “tú eres este, Sócrates, y esta es tu energía, la que te hace ser lo que eres, la que te propulsa en la vida, la que hace que la vida sea digna de ser vivida; por eso tienes que hacer lo que haces, perseguir a los jóvenes y mostrarles que para ser un buen ciudadano hay que pensar por uno mismo”.

Sócrates tenía más de 64 años cuando lo juzgaron y lo condenaron a muerte. Y él seguía queriendo hacer lo que siempre había hecho. Lo bueno es que seguía haciéndolo a una edad avanzada, en la que en nuestras sociedades ya estaría jubilado.

Ahora bien, volviendo a los Beatles, ¿en qué medida tiene que necesitarme el daimon? Sin necesidad las acciones se vuelven fútiles, libres, pero de una libertad inmaterial. Como pensaba esa paloma idiota, de la que habla Kant, que se imagina que sin gravedad su vuelo sería más libre. Kant nos recuerda que sin la resistencia del aire sencillamente no hay vuelo.

Esa es la parte trágica del estar jubilada: que dejas de ser necesaria, que haces lo que te da la gana, pero no existen unos límites dentro de los cuales actuar. Que nadie me recuerde lo que sé muy bien: que puedo hacer lo que antes no podía, que la vida puede ser más placentera que cuando trabajaba, que con una pensión suficiente muchas cosas pueden estar ahora a mi alcance.

Pero yo quiero seguir teniendo un lugar en el mundo, quiero seguir atada a una necesidad. No a la misma necesidad a la que estaba atada cuando era joven, sino a otra, en la que nuestras sociedades no han pensado, otra que busco con ahínco crear. Para que cuando cumpla 64 años -y de eso sólo me separan unos meses- mi daimon siga necesitando alimentarme.

 

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5 respuestas a When I’m sixty-four

  1. Yo diría que estar jubilado no tiene nada de trágico. En todo caso, la jubilación tiene algo de dramático. Dramático por cuanto nuestra vida profesional termina, y con ello llegan a su fin todos esos límites sociales (los de las profesiones) que nos han determinado durante años: nos han hecho “ser lo que somos”. Pero nada trágico hay en ello. Los límites profesionales, aunque importantes, no tienen de trágico más de lo que puedan tenerlo otras costumbres sociales que también nos determinan. El “profesional” y el “jubilado” son como dos caras de una misma realidad social.

    “Llega a ser lo que eres”, decía Nietzsche. Éste sería su imperativo moral máximo. Nada tiene esto que ver con ser un profesor, un médico o un ingeniero. Tampoco con ser un jubilado, un imperativo social ajeno a nuestra voluntad.

  2. Pep dijo:

    Es muy facil Maite! Sigue escribiendo estos libros tan maravillosos que haces junto a Max.

  3. Fino dijo:

    Cuando filosofas, me dejas sin réplica. Muy buen artículo, gracias.

  4. Amparo Tusón dijo:

    También yo me encuentro en esa búsqueda -a veces laberíntica- a pesar de mantener aún algunas obligaciones como prejubilada. Pero no tener el “centro” de un horario y de unas actividades diarias, desconcierta (al menos a mí).

  5. carme dijo:

    pero que dices Maite? claro que tienes un lugar en el mundo, más de lo que tu crees. has entrado en mi mundo por la puerta grande y de rebote a la gente que yo quiero.
    si quieres atarte a una necesidad te la buscas, hay montones que exigen responsabilidad.
    ya estoy esperando tu próximo libro. felicidades por todos tus libros y textos y por tu cumpleaños
    por adelantado. Nietzsche decía: “contra los gusanos de la tristeza canta, baila, come…”
    ánimo y saludos des de la Safor.

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