A LA MEMORIA DE DOS LOLAS

Una Lola era la madre de mi amiga Dolores Sánchez. La otra fue mi suegra. Lola Durá y Lola Espinosa, respectivamente. Ambas empezaron sus carreras universitarias inmediatamente después de la Guerra Civil. Estudiaron “Filosofía y Letras” en la Universidad de Valencia. No eran amigas pero se conocían de lejos, ya que el número de mujeres que estudiaba una carrera en los años 40 era bastante escaso. De Lola Durá decía Lola Espinosa: “era una mujer de rompe y rasga”. Terminaron la carrera, pero no ejercieron. Se casaron y tuvieron hijos. Vivieron encerradas en sus matrimonios, sin más vida intelectual que la que les permitía la lectura, en una España gris y mentecata. Cada vez más aburridas porque sus inteligencias y su formación demandaba otro tipo de alimentos que los que recibían, y cada vez más rabiosas por no haber conseguido mayor libertad y felicidad.

 Dolores y yo hemos evocado sus vidas gracias a la biografía que Anna Caballé e Israel Rolón publicaron sobre Carmen Laforet, también ella universitaria en los años 40. No me gustan demasiado las biografías porque todas terminan mal, con la vejez y la muerte. Pero esta, en particular, empieza a terminar mal enseguida. De todos es sabido que después de su primera novela, Nada, con la que ganó el primer premio Nadal en 1944 a los 23 años, Carmen Laforet no volvió a alcanzar aquel mismo estilo deslumbrante en ninguno de sus escritos posteriores. Se casó y tuvo cinco hijos. Su temprana eclosión se fue desgraciadamente convirtiendo en una involución.

 No se trata de conceder o no credibilidad a los detalles que aporta esta biografía. Tampoco podemos saber mucho más de la vida de Carmen Laforet a partir de otras fuentes. Pero hay un hecho incontestable: escribió una novela que forma parte del panteón de la literatura española, aunque el resto de su obra no. Lo sorprendente es justamente esto, que con sólo 20 años hubiera encontrado un tono, un estilo, una voz propia para, a continuación, perderlos.

 Sin duda es difícil definir una obra maestra, pero no lo es tanto reconocerla. Andrea, la protagonista de Nada, viaja a Barcelona en 1940 para instalarse en casa de unos familiares y estudiar en la Universidad. A través de su mirada contemplamos la sordidez, la oscuridad de un momento particular en un país particular. No habla de política (de haberlo hecho no hubiera podido pasar la censura, pero es que tampoco ni el personaje Andrea ni su autora Carmen se habían enterado o interesado por lo que había sucedido). ¿Por qué, sin embargo, Nada puede ser leída en cualquier tiempo y en cualquier lugar? Bergson dice que lo que hace que la obra de un artista sea universal no es el objeto sobre el que escribe, pinta o compone, que siempre es particular, sino la relación de honestidad y de verdad con la realidad, que es una aspiración universal.

 Andrea-Carmen habla con la fuerza de la verdad: su voz es auténtica, como sus sentimientos y sus reacciones. Y por eso en ella podemos reconocer la vida escasa que en un país miserable, feo y casi sin futuro intentaron todas las Lolas de 20 años.

 Lo que le pasó después a Carmen Laforet sólo podemos imaginarlo. Con un talento para la narración absolutamente impresionante, con la libertad y el empuje que la lleva a extraer de sus propias experiencias el oro puro de la verdad, tenía ya lo más importante. Y, sin embargo, no siguió por esa vía. ¿Nos ayudaría a entender algo pensar que su futuro como escritora hubiera sido muy diferente si, en vez de española, hubiera sido norteamericana, francesa o inglesa? Carmen Laforet admiraba a Virginia Woolf, vestía con lo que en aquellos años se entendía como descuido (zapatos planos, ropa amplia), no se maquillaba, buscaba tener espacios propios para poder escribir (imaginó la creación de un club privado sólo para mujeres, en el que se pudiera leer la prensa, escribir, comer y encontrarse con otras mujeres). Muchas, muchísimas, demasiadas mujeres han nacido antes de tiempo o en lugares equivocados. Lo sabemos ahora, cuando desarrollar las propias habilidades no cuenta con las dificultades de antaño.

 Mi amiga Dolores escribe lo siguiente: “Cada vez pienso más que la Guerra civil fue entre clases, territorios y sexos. Tan amplio y magnífico había sido el paso adelante de las mujeres en las dos o tres décadas anteriores que el castigo que se les infligió fue tan fuerte o más que el que se les propinó a las clases populares y medias, laicas, y a los catalanes y a los vascos”. Por eso es importante que en la memoria de todas las nietas de aquellas Lolas no se pierdan los detalles de lo que fueron las vidas, en parte fallidas, de sus abuelas. Helena, Paula (cuya madre se puso “Andrea” como nombre de guerra, en la lucha clandestina antifranquista), Carlota y Ginebra no se llaman con los apellidos Durá o Espinosa, porque hasta ahora la genealogía ha sido sólo patriarcal. Pero para ser de verdad libres y felices, como queremos que lo sean, no tienen que olvidar que se aúpan sobre las espaldas de abuelas inteligentes que chocaron contra un muro. Esperemos que ellas lo salten de una vez por todas.

 

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2 respuestas a A LA MEMORIA DE DOS LOLAS

  1. Lola dijo:

    A mi madre, otra Lola ahora de 90 años, le pilló el principio de la guerra con 13 años. Había empezado el bachillerato y ya no pudo seguir porque luego todo fue peor y peor. Era la hija mayor de republicano encarcelado y fichado. Las oposiciones a la telefónica en Valencia, que preparó varios años con mucha constancia, no dieron ningún resultado, por el mismo motivo (en mi pueblo, el ayuntamiento no quiso darle papeles de recomendación). Aquel 18 de Julio marcó el resto de la vida de mi madre. Puedo decir que su única escapatoria a la libertad fue el cine, al que acudió, siempre, dos o tres tardes por semana (con su cuñada). Nunca se resignó, pero la frustración de esa España la fue doblando. Aún hoy dice: “A las jóvenes como yo la guerra nos segó”
    Desde luego Maite, que esto también es MEMORIA HISTÓRICA

  2. Marcos dijo:

    Lola Dura Niñerola y Lola Espinosa “No eran amigas pero se conocían de lejos,….” entre otras cosas por una razón: La primera tenía a su novio -posterior marido- en la cárcel y a sus dos hermanos también (condenados a largas penas que después cumplieron en parte). Además aquel novio/marido fue expulsado de la carrera judicial y del Colegio de Abogados. Nunca volvió a ejercer. Tanto ella como él, fueron azañistas y anti-anticomunistas. Por el contrario, el novio (después marido) de Lola Espinosa fue quinta columnista y vestía camisa azul, botas y correajes. Posteriormente hizo carrera política en el el régimen y en el gobierno municipal de la Valencia franquista. No conozco las opciones políticas de Lola Espinosa, persona elegante, afable y cariñosa cuando la conocí. Lola Durá síque ejerció un tiempo: fue la secretaria de redacción de la la Revista Saitabi, de Historia y Arqueología. A Lola Durá la mató un cáncer a los 47 años. No sabemos que habría hecho con la otra mitad de su vida
    La antifranquista clansdestina emboscada bajo el nombre de “Andrea” se llamaba Margarita Sánchez Durá, hermana de Dolores aquí mencionada por su nombre. La mató otro cáncer a los 57 años. En ambos casos, para mí esa fue principalmente “su vida escasa, “lo fallido en parte de sus vidas”
    Participo de los deseos expresados hacia Helena, Paula, Carlota y Ginebra; la primera nieta de Lola Espinosa, las tres últimas de Lola Durá. En cualquier caso, Margarita y Dolores, sus hijas, ya saltaron el muro sobradamente

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