Completando un argumento

El 24 de diciembre de 1917, Rosa Luxemburg escribió una carta a Sonia Liebknecht, la mujer de Karl Liebknecht, desde la cárcel de Breslau, en la que se encontraba cumpliendo condena por propaganda contra la guerra. El partido socialdemócrata alemán (SPD) había votado favorablemente a los créditos de guerra (el 4 de agosto de 1914), contra la opinión de la corriente minoritaria de los espartaquistas en el seno del SPD, a la que pertenecían Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. Desde ese momento, los espartaquistas protagonizaron una crítica implacable contra el nacionalismo y el parlamentarismo de la mayoría del SPD: periódicos, panfletos, asambleas y todo tipo de movilizaciones que pudieron organizar, hasta que la policía y la justicia les pararon los pies. Prácticamente todo el período de la guerra mundial se lo pasaron entre rejas. Cuando era ya una evidencia que los alemanes estaban perdiendo, en otoño de 1918, el káiser abdicó y se proclamó la República de Weimar. La amnistía llegó a las cárceles, y los espartaquistas pudieron ponerse a la cabeza de la naciente revolución socialista en las calles, en las fábricas y en el ejército. El 15 de enero de 1919, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fueron asesinados por los FreiKorps, grupo extremista de derechas, con la connivencia del SPD, que celebró la desaparición de ambos líderes incluso con una fiesta.

En dicha carta, Rosa Luxemburg le narra a su amiga un suceso que la había llenado de dolor. A la cárcel llegaban a menudo carretones cargados de uniformes militares para que las presas los remendaran. En esa ocasión llegó uno tirado por búfalos que, al entrar en el recinto, se quedó enganchado en la puerta. El soldado que lo conducía golpeó brutalmente a los animales que, a pesar de su gruesa piel, comenzaron a sangrar. Rosa Luxemburg vio los ojos compungidos de uno de ellos:  “me encontraba ante él, el animal me miraba, me caían las lágrimas, eran sus lágrimas”. Luxemburg imagina lo lejos que se sentían los búfalos de los pastos verdes de su tierra de origen, y se siente impotente frente a tanto sufrimiento. Mientras las prisioneras descargaban el carretón, el soldado conductor se metió las manos en los bolsillos y, con desenfado, se puso a silbar una tonadilla popular. Y, concluye Rosa Luxemburg, “ante mis ojos vi pasar la guerra en estado puro”. Así termina la carta, sin continuar este argumento como, en tanto la lectora que soy, hubiera deseado que hiciera.

Me propongo completarlo. ¿Qué encierra ese gesto del soldado? ¿Qué es lo que lo hace estar tan contento y tan satisfecho de sí mismo después de haber sojuzgado con un acto de crueldad a esos búfalos? Simone Weil analiza la guerra como un fenómeno que debía ser entendido más a la luz de su carácter simbólico que a la de esa especie de lugar común que habla siempre de los beneficios materiales. Sin duda la guerra puede hacer que unos u otros devengan más ricos, pero esa consecuencia no está en el origen de los enfrentamientos. Quienes marchan a la guerra -países y ejércitos- lo hacen para ganar. Es una obviedad. Pero lo que ya no es tan obvio es lo que se quiere ganar. Y como hemos aceptado que la economía es siempre determinante “en última instancia”, no vemos más allá de la confirmación que nos ofrecen las guerras, cuando, una vez finalizadas, nos presentan la riqueza de algunos como el objetivo buscado.

Simone Weil dice que ganar es el objetivo porque lo que se quiere es ser el ganador. En todo enfrentamiento, lo que se busca, aun cuando no se diga, es quedar por encima, demostrarse a sí mismo que se es el mejor. Y eso, añade, es una necesidad de los humanos, una necesidad que nos hace miserables, puesto que el deseo de ser el más fuerte sólo se satisface si, ante nosotros, hemos logrado tener a alguien al que hemos hecho más débil.

Otra mujer, Virginia Woolf, afirma que los varones han sacado su energía para conquistar el mundo de un pequeño acontecimiento cotidiano en la vida de todos ellos: el hecho de ver por la mañana, en el desayuno, a una mujer, igualmente humana pero considerada inferior. Es como ponerse todos los días delante un espejo que les dice que ellos son mejores. Esa violencia que hemos llamado “doméstica” se explica a través de esta constatación: muchos varones buscan tener a su lado mujeres que consideran claramente inferiores para poderlas insultar o sojuzgar. La crueldad que se demuestra con  mujeres, con  niños, con  animales es un modo de encumbramiento del potente.

¿No os ha llamado la atención que muchos soldados armados disparan sus metralletas al cielo en un rapto de entusiasmo? Es un gesto demostrativo, simbólico: no le quieren dar a nada, sólo quieren sentirse poderosos.

¿Estoy diciendo que hay un vínculo entre la violencia doméstica y las guerras? Pues sí. Y su nombre es machismo, una palabra muy española que merece ser usada en otros lenguas que no la poseen aunque, sin duda, poseen el fenómeno.

A Rosa Luxemburg no le importó gran cosa “los derechos de las mujeres”. No quiso verse reducida a tener que ocuparse de asuntos femeninos, como quizá sus compañeros varones hubieran deseado. Tampoco Simone Weil, en sus análisis sobre el ejercicio del poder, hace referencia a las mujeres. Et pourtant….! Nuestra historia, la historia de las mujeres, está llena de ignominias, pero podemos decir alto y claro que no necesitamos  humillar al otro para extraer de nuestras vidas energía suficiente para seguir adelante. Y que conste que no hablo de algo que pertenece al DNA de las mujeres.

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3 respuestas a Completando un argumento

  1. Lola dijo:

    Bienaventurados ( dichosos, felices, alegres, esperanzados, satisfechos, afortunados) quienes dedican un rato de su jubilación a ayudarnos a crecer, aprender y difundir. Mi amigo Kino y tú llenáis un gran espacio.

  2. aldana dijo:

    hola queria saber donde se puede encontrar esta carta en español. gracias

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