Cinéma à Paris

Hace unos años un compañero de trabajo, profesor de latín, me confesaba que él no iba nunca al cine porque le parecía todo un engaño, una gran mentira. No porque se tratara de historias inventadas, sería ridículo, sino porque los humanos y sus relaciones eran falsos y con pretensiones de ser auténticos. Lo recuerdo porque, de alguna manera, lo que decía encontraba un eco en mí. No con la misma radicalidad, porque yo sí que voy al cine. Pero desde hace algún tiempo, cuando una película me pone de los nervios, me levanto y me voy. No debe de ser un gesto que se dé tan por descontado porque compruebo que muchas personas salen echando chispas del cine, o sencillamente muy aburridas, pero raras somos quienes abandonamos una película antes de que termine.

Todo esto viene a propósito de dos películas vistas en París, una ciudad que sigue pareciéndome la más amante del cine, en la que las salas están llenas de gente en pleno mes de agosto. Y en ambas he tenido la sensación de que mi compañero profesor de latín cambiaría su punto de vista, porque en ambas se toca la verdad, la autenticidad.

La primera: Le joli Mai de Chris Marker, un documental filmado en 1962 en París.

De nuevo un testimonio, la importancia de un testimonio. En este caso el director ha sabido hacer las preguntas y ha sabido escuchar, sin poner de antemano en la boca del entrevistado las respuestas (como hacen tantos periodistas que no conocen su oficio). Y el resultado es una revelación. Lo que el espectador ve son personas reales, de carne y hueso. Se sabe esto inmediatamente porque lo que dicen está fuera de todo cliché. No son personas de derechas o de izquierdas, no pertenecen a terrenos ideológicos ya predeterminados, sino que son complejas, matizadas, llenas de contradicciones. Como la realidad. Un historiador tiene con esta película un material precioso si quiere saber no sólo lo que pasaba en los años 60 en Francia sino también cómo vivían los franceses lo que pasaba: qué pensaban, a qué aspiraban, qué juzgaban intolerable o aceptable. Y saber esas cosas es la clave para entender un momento histórico y sus consecuencias. Por ejemplo, escuchar el modo en el que un ex-sacerdote explica que antepuso su militancia sindicalista a su compromiso religioso, o presenciar el contento de una familia numerosa muy humilde al ser trasladada desde una vivienda insuficiente del centro de París (que hoy haría las delicias de cualquier comprador chic) a un apartamento anodino recién construido en la periferia.

La segunda, en realidad son tres, una trilogía: My Childhood (1972), My Ain Folk (1973) y My Way of Home (1978), de Bill Douglas. Es un perfecto desconocido aunque hace unos años el Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona  proyectó su trilogía. Aquí los protagonistas están interpretados por actores y el guión reproduce la propia vida del realizador. El chaval que interpreta a Bill Douglas de niño es el mismo que, 6 años después, interpreta a Bill Douglas, joven soldado del ejército británico. Pero no es este detalle sólo el que hace que la película tenga ese fuerte sabor de la verdad, es todo, los silencios, los encuadres, las miradas. Descubres qué significa la miseria. Esa miseria que no es pobreza material sino sobre todo relaciones humanas desastrosas. La prueba la constituye el propio Bill Douglas: destruido por su gente y salvado por su relación con un joven al que conoce en el desierto haciendo el servicio militar. Tan salvado como para hacer de él el autor de una película inolvidable: no puedo dejar de comentar unos fotogramas, que durarán no más de un segundo o dos, en los que se ve al protagonista apoyar apenas su cabeza en el hombro del amigo. Sencillamente sublime.

Ir al cine para pensar, para darle vueltas a las cosas, para descongelar las palabras -como decía Hannah Arendt. ¿Por qué no se hacen más películas así? Documentales que cuenten la vida, realizados por periodistas que sepan hacer preguntas. O películas de ficción hechas desde una sabiduría práctica, que dejen tras de sí imágenes prácticamente imborrables.

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Una respuesta a Cinéma à Paris

  1. Amparo dijo:

    Después de leer tu texto, me quedo con las ganas de ver esas películas de las que escribes. Espero encontrar la ocasión de hacerlo.
    Como siempre, gracias por tus propuestas tan bien presentadas y comentadas.

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