Mrs. Dalloway en Palermo

He terminado de escribir “La creación según Bergson”, el último libro de la colección Filosofía para profanos. Cuando estaba casi al final, me fui cuatro días a Palermo, coincidiendo con las fiestas de Santa Rosalía. Un día me levanté temprano y salí sola a pasear por el centro de la ciudad, con un mapa en la mano. Las calles estaban desiertas, soleadas pero frescas todavía, sobre todo a la sombra de los árboles poderosos que crecen en las aceras y en los parques. El tráfico era casi inexistente. Poco a poco me fue invadiendo una sensación de bienestar: me encontraba perfectamente en forma, como cuando tu cuerpo no se interpone entre lo que ves, lo que caminas, lo que piensas. Y me acordé de Mrs. Dalloway, o sea “devine Mrs. Dalloway”.

Lo había releído para mi libro porque es un magnífico ejemplo de la duración bergsoniana. Virginia Woolf hace que su relato esté escandido por el rimbombo de las campanadas del Big Ben, que marcan el paso matemático del tiempo: una hora, y después otra, y así una detrás de otra, todas iguales, la musiquita primero y luego los toques que permanecen durante unos segundos en el aire. Pero la vida de Mrs Dalloway transcurre de otra manera, con otros ritmos, juntando continuamente los recuerdos, con las experiencias, con los sentimientos. Pasa del entusiasmo -“amo la vida, Londres y esa luz de Junio”- a la tristeza, al vacío, al sentirse de repente vieja; se desliza del momento “más exquisito de mi vida” cuando Sally Suton la besó en los labios, a la tranquilidad y el sosiego mientras se cose el dobladillo del vestido que lucirá esa noche en la fiesta que está organizando. And so on.

Pues bien, durante las dos horas de reloj que duró mi paseo por Palermo, me vi asaltada por otras mañanas soleadas de verano. Y lo que las trajo a mi memoria fue el escaso número de personas que circulaban por la ciudad. Había algo sorprendente en ello. Me di cuenta de que me remontaba muy lejos en mi vida para encontrarme ante la belleza de una mañana de verano sin gente, en medio de un lugar espléndido. ¡No había turistas! Esa era la cuestión. Ni autobuses descubiertos, ni grupos de chinos detrás de una guía armada de un paraguas, ni multitudes mirando las fachadas a través de sus teléfonos para sacar fotografías. Los magníficos palacios abandonados en las callecitas por las que me desviaba de un itinerario lineal, con balcones que se caen, y puertas bloqueadas por el cemento, no tienen ningún cartelito que indique su nombre, ni su historia. En torno a la Catedral y a su Santa Rosalía, sólo había gentes de la ciudad y dos o tres de fuera.

¿Cómo era eso posible? Había estado dos semanas antes en Florencia, vivo durante largas temporadas en Roma, y la situación es la opuesta, no se puede caminar por algunos lugares porque hay que abrirse paso a codazos: para subir al Campanile del Duomo en Florencia, hay que tener una paciencia infinita y una gran resistencia a la claustrofobia (la escalera de caracol está bloqueada de gente que respira y suda mientras sube los 400 escalones); contemplar el Panteón es imposible porque el lugar deja de ser imponente, con toda esa marea de personas que trasiegan sin parar entrando y saliendo. Incluso en mi ciudad natal, en Valencia, el turismo ha hecho estragos. Las manadas entran en el Mercado Central estropeándote que comprar allí sea la maravilla que siempre había sido, los japoneses fotografían “la casa más estrecha del mundo” como idiotas, porque es sabido que la información es falsa, que esa casa pintada de otro color para que efectivamente parezca que lo es, es en la actualidad una prolongación de la casa de al lado en la que se han situado los cuartos de baño.

¿Por qué en Palermo no había nada de todo esto? Por la suciedad, por el desorden. Y me encontré bendiciendo las basuras, los derribos entre los patios, los agujeros de las calles, la porquería de las aceras. El día anterior había estado en el mercado callejero de Il Capo, comprando tomates para hacer un gazpacho. Tampoco allí había turistas. Ni en las iglesias en las que entré para refugiarme del calor, ni en Villa Palagonia, la villa “de los monstruos” en Bagheria. Visitas casi en solitario, lugares descuidados, polvorientos.

Comprendo que vivir en Palermo con toda esas basuras por doquier es muy incómodo. Pero te hace reflexionar. Durante mi paseo, mientras Mrs Dalloway me llevaba y me traía por las sensaciones y los recuerdos, volví a la luz blanca de Benidorm hace 60 años, cuando sólo había dos hoteles familiares en todo aquel pequeño pueblo de mar. Volví a sentir el deslumbramiento de las pirámides y los palacios en medio del desierto del norte del Sudán, hace tan sólo 5 años, cuando el guarda de aquellos lugares nos abría a mi hija y a mí el candado que cerraba el recinto, cuando nos sentábamos a la sombra de aquellas columnas para librarnos por unos momentos del sol.

No estoy reivindicando nada, mucho menos la suciedad. Pero no me gusta el turismo, no quiero entrar en argumentos económicos y me conmueve la belleza sin nombre, sin información, sin cartelitos, sin fotografías.

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2 respuestas a Mrs. Dalloway en Palermo

  1. Amparo dijo:

    Acabo de leer este estupendo texto, justo después de dar un paseo por el centro de Barcelona, en medio de la marea de turistas que, como zombies, deambulan sin aparente rumbo fijo, bajo un sol de justicia. Esta ciudad -especialmente el centro- parece un parque temático sin tema concreto, con masas de gente sudorosa que mira hacia no se sabe dónde y camina sin ver si choca o no con alguien (y yo, con mi bastón, voy esquivando cuerpos). Al menos en mi barrio -nada “chic”- no llegan las hordas nómadas. Y descanso…

  2. Gloria dijo:

    …oggi non ci sono più gelsi nella zona di Bagheria, li hanno tutti tagliati. Ma sul molo di Mondello, la marina di Palermo, ancora oggi si possono trovare dei fruttivendoli che, per pochi soldi, ti mettono in mano un cartoccio di carta da zuchhero, con dentro una manciata di gelsi succosi e profumati…
    Bagheria, Dacia Maraini.

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