El síndrome del futuro anterior

En castellano se llama futuro compuesto o futuro anterior a un tiempo verbal que tiene la singularidad de reunir, en su misma denominación y en su uso, el futuro y el pasado. Pero de todas sus ocurrencias, una me interesa sobremanera: cuando manifestamos una hipótesis sobre el pasado y decimos “se habrán perdido”, por ejemplo, para explicarnos un retraso. “Habrá sido eso”, “habrá sido así”, son los dos modelos de frase con los que rehacemos un pasado desde el futuro de ese pasado. Me encuentro ahora y aquí y quiero explicarme algo del presente. Quiero una explicación, una justificación, una reconstrucción racional o lógica de lo que tengo ante mí. Y entonces realizo esa operación que me permite el futuro anterior: supongo que las cosas habrán tenido que ser así para que ahora me pase esto. Racionalizo el pasado, inventando una explicación que coloco en un momento anterior para el que el presente es su futuro: “se perdieron” (es la causa anterior) y “no llegan a la hora” (es el efecto). Y yo ante el hecho presente de que no llegan, coloco en el pasado una motivación lógica.

¿Qué interés tiene todo esto que no lo haga aparecer como una mera especulación? A Bergson le llama la atención esta construcción gramatical porque ve tras ella un comportamiento, y un comportamiento que nos hace infelices. Con mi amiga Amparo Tusón he discutido largo y tendido. Ella me dice que la teoría de Benjamin Lee Whorf acerca de la determinación de los modos de pensar por las estructuras gramaticales de las lenguas está superada. No quiero oponerme a lo que hoy en día dicen los lingüistas, sólo deseo tomar esa idea y atemperarla: la gramática no determina, pero sí facilita ciertos comportamientos. Si en castellano se puede decir “Se me ha roto un plato”, esto no quiere decir que todos los castellano-parlantes seamos irresponsables porque hacemos al plato sujeto de una acción que me ha tocado sufrir a mí -y yo me quedo como si no hubiera roto un plato-, pero sí que es verdad que permite, favorece, acoge con facilidad ciertos comportamientos irresponsables.

Pues bien, el futuro anterior, en su uso como hipótesis, igualmente facilita una relación con uno mismo consistente en una negación del acto libre. Nos asusta la libertad, preferimos pensar que nuestras decisiones han estado basadas en una lógica, en unos principios. Proclamamos que, después de una deliberación, hemos elegido lo que creíamos ser lo mejor. De esa manera justificamos nuestros actos.

Los grandes filósofos se fijan en este modo nuestro de hablar de nosotros mismos y lo denuncian. Spinoza dice que no quiero algo porque es bueno sino que es bueno porque lo quiero. Esto comporta que soy yo la que le doy un valor a algo y por eso lo elijo, o que le doy un valor eligiéndolo. Pero es demasiado fuerte para nosotros y por ese motivo al “¿Por qué lo has hecho?” contestamos dando una lección moral. Ponemos, como en el futuro anterior, la lección en el pasado como causa y lo que hacemos como el futuro, efecto de ese pasado. Es como si viviéramos dos vidas: una la que vivimos con lo que hacemos, y otra retrospectiva, la que habremos tenido que vivir para que ahora vivamos esta. Una vida así acaba en impostura. Esa es su infelicidad.

Nietzsche dice que el individuo valiente es el que está a la altura de sus fechorías. ¡No traicionemos nuestros actos, inventándonos un pasado deliberativo, porque nos asusta lo inconfesable de nuestras opciones! ¡Sostengamos nuestras acciones con un sí, sin pretender que es un modelo universal!

Comenzar es arriesgar. Los que siempre tienen escrúpulos, dudas interminables, ponen el comienzo en algo racional que los cubra. En realidad también ellos eligen pero no lo quieren asumir. Ya lo decía Sartre, el que te pide consejo, ha decidido escucharte, pero quiere que seas tú la que le digas lo que quiere escuchar.

Una alumna mía se tatuó en el brazo la expresión nietzscheana “Amor fati”. Era joven, fuerte, guapa, ambiciosa y quería afirmar la afirmación en su propio cuerpo, tan segura estaba de que ese sería su “moto” para siempre. Amar tu propio destino es amar lo que haces y lo que vives sin la cobardía de tener que buscarle razones. No hace falta que nos lo tatuemos en el cuerpo, basta con que nos lo tatuemos en la mente.

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Una respuesta a El síndrome del futuro anterior

  1. Alejandro dijo:

    En este anàlisis se confunde lo voluntario-involuntario le mediato y lo inmediato y el modo complejo en que estas determinaciones operan en el lenguaje y la consciencia. La frase ” vivir sin la cobardìa de tener que buscar razones” es insostenible filosòficamente, rehuir de la “razòn” puede ser tambièn un acto de cobardìa. En este discurso no aparece el otro y la relaciòn; es solipsista y antidialèctico y hasta desprendido de la necesidad de reflexiòn que se impone ante el registro objetivo y/o empàtico de nuestro vìnculo con el entorno, que requiere en gran medida de deliberaciòn, discernimiento y llegado el caso de preocupaciòn. La filòsofìa a tenido que observar desde siempre las relaciònes y las interacciònes de la maquinaria compleja de la realidad y el modo en que èsta se presenta a la consciencia. Para abrazar una proclama intima y privada de emancipaciòn lo mas aconsejable es el psicoanàlisis mas que una bùsqueda de justificaciòn de lo propio, apelando a la ontologìa y a la fenomenologìa del tiempo y del lenguaje.

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