La cita del mes de mayo 2013

Un mejicano de la Baja California le dijo, allá por los años 6o, estas palabras a Ugo Conti:

“Las langostas son como nosotros. Necesitan una coraza de espinas para defenderse, pero no pueden crecer allí dentro sin crear una presión insoportable. También nosotros, para defendernos de los peligros del mundo, nos construimos alrededor una coraza. Pero, con el pasar del tiempo, cada coraza se convierte en una prisión. La langosta ha encontrado la forma de liberarse y crecer. Cuando ya es demasiado gruesa para su viejo caparazón y siente el sufrimiento del crecimiento, se lo quita. Permanece cubierta tan sólo con una piel muy fina, como si fuera goma, que se puede hinchar con el agua y que aumenta de manera súbita de volumen antes de que esta piel se haga dura. El dolor de la prisión desaparece, pero también las defensas de la coraza. La morena, desde dentro de su agujero, huele el cambio y se acerca lentamente hacia la presa sin defensas. La piel nueva, al cabo de dos días, se endurece. Si la langosta sobrevive a la morena, al mero y al resto de los peligros del mar, se fortalece porque crece sin dolor dentro de la coraza más grande.”

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