Obedecer o consentir

Dando una clase sobre Hannah Arendt, una alumna me hizo una pregunta a la que no supe contestar en el acto. Estaba explicando la diferencia que hace Arendt entre obedecer y consentir. Saliendo al paso de todos aquellos que se escudan en la obediencia debida (todas aquellas personas que durante el nazismo aplicaron las leyes raciales contra los hebreos), Arendt estableció esta diferencia: sólo los esclavos y los niños -dijo- obedecen; el resto consiente. Es decir, que un dictador no puede llevar a cabo lo que pretende sin mucha gente que, a su alrededor, acepta, consiente, aplica, asiente. La prueba es que algunos, arriesgando su vida, no siguieron sus órdenes.

La pregunta de la alumna era esta: ¿qué hace que unos pocos puedan oponerse a lo que muchos secundan en un momento determinado? ¿Qué los hace diferentes? La respuesta de Arendt es que esos pocos piensan, están acostumbrados a reflexionar por sí mismos y de esta manera, en una situación peligrosa, son más críticos. Pero yo misma me daba cuenta de que la respuesta era circular: ¿y por qué esos piensan y la mayoría no? ¿Acaso eso significa que algunos son, por naturaleza, valientes y muchos cobardes, y en este caso la fuerza o la debilidad de carácter no puede imputárseles?

En efecto, ¿por qué hay gente valiente, poco propensa a hacer lo que se les dice, si eso está en contra de ellos mismos? Creo que la dificultad reside en el propio concepto restrictivo de libertad que emplea Hannah Arendt. Siempre se opuso a considerar cualquier atisbo de libertad interior, abominó de los estoicos por defenderla y concluyó que la libertad está en la acción. Dijo que la libertad interior estoica era un derivado del auténtico sentido de “libertad” que no es sino vivir y actuar en la polis. Según Arendt, aquellos que tuvieron vetada esa posibilidad de acción inventaron una libertad que reside en la mente, una especie de refugio.

Vale, sí, estoy de acuerdo, pero en los escritos de Marco Aurelio hay algo más. Se trata del hegemonikón, una especie de guía interior que asiente o disiente respecto a las interpretaciones que se le presentan. Depende de nosotros aceptar la opinión o el juicio de valor con el que transformamos en discurso lo que nos está pasando. Si recibo un golpe, soy yo la que elijo que ese golpe es una ofensa o no. Si una mujer abandona a su novio o marido, es él el que interpreta que se trata de algo imperdonable. Las consecuencias pasionales de su interpretación se le pueden, por lo tanto, atribuir: es él el que es responsable de ellas.

Sin ese hegemonikón, ese principio de libertad en cada uno de nosotros, no se puede explicar por qué unos piensan y resisten y por qué otros secundan, por qué unos desobedecen y por qué otros consienten. La respuesta es esta: sencillamente porque quieren. Somos todos y cada uno de nosotros responsables de nuestras acciones y de nuestras pasiones: primero asentimos o disentimos interiormente, después rechazamos o consentimos en la escena pública, como ciudadanos.

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5 respuestas a Obedecer o consentir

  1. Inma dijo:

    Destruir con la crítica es muy fácil. El que critica ha de asumir la acción organizandose colectivamente para relevar a los que gobiernan presentándoselas como alternativa de poder. De lo contrario, a mie parece, una crítica muy infantil por lo improductiva. No?

  2. Indignado dijo:

    “Sin ese hegemonikón, ese principio de libertad en cada uno de nosotros, no se puede explicar por qué unos piensan y resisten y por qué otros secundan, por qué unos desobedecen y por qué otros consienten. La respuesta es esta: sencillamente porque quieren. Somos todos y cada uno de nosotros responsables de nuestras acciones y de nuestras pasiones: primero asentimos o disentimos interiormente, después rechazamos o consentimos en la escena pública, como ciudadanos.”

    Hola, permíteme discrepar un poco de esta conclusión. Se me ocurre la siguiente réplica:

    Dices, que en base a ese principio de ‘libertad interior’ desarrollado por la psicología estoica-romana (el ‘hegemonikón’ de Marco Aurelio), si unxs actúan violentamente y otrxs lo hacen cobardemente, ello se debe únicamente a que tanto unxs como otrxs QUIEREN actuar así (o pensando y resistiendo o consintiendo), y como corolario de esto afirmas que “todos y cada uno de nosotros [somos] responsables de nuestras acciones y de nuestras pasiones”.

    ¿He entendido correctamente lo que expones?

    Bueno, pues a mí esta explicación que ofreces no me resuelve completamente las dudas sobre la cuestión, porque: ¿cómo hemos de entender esa categoría de responsabilidad individual referida a las acciones y a las pasiones?, ¿cómo un concepto moral?, ¿quizá como un concepto jurídico?, ¿o solamente como un concepto antropológico?…
    ¿Está usted totalmente segura de que la responsabilidad de las acciones y de las pasiones de cada cual son en un cien por cien atribuibles al sujeto que las realiza o tiene*?

    Y el contexto en el que ocurren esas pasiones o esas acciones (decisiones), ¿todos los individuos lo vivencian o experimentan igual?; ¿no podrían pesar más en unos individuos que en otros experiencias de fracaso anteriores que hubieran podido tener?, ¿sabe usted que hay personas que son oprimidas en su estructura familiar durante un extenso periodo de sus vidas -durante los años de crianza e incluso más-?,
    ¿no podrían resultar tal opresión proveniente de su familia, entorno social, etc. un factor muy relevante a la hora de pensar en lo que un individuo se atreve o no se atreve a arriesgar a la hora de tomar una decisión que le pueda comprometer a él mismo en alguna cosa importante?
    -¿Y el factor educacional relativo a los valores y a la socialización del individuo?, ¿acaso este no podrá influir en los sujetos adultos cuando estos se vean enfrentados a situaciones límite como las que usted alude en las que la decisión valiente implica un acción en la que van implícitos valores o cuestiones como la empatía, la generosidad, la solidaridad…?

    Me da la impresión de que ese ‘principio de libertad interior’ (ese hegemonikón) aunque sí es real, no obstante, quizás no sirva para dar cuenta -para explicar- o para fundamentar de un modo suficientemente válido la responsabilidad individual de las pasiones y de las acciones humanas.

    [*Aquí para no complicar demasiado las cosas estoy presuponiendo que se trata de un individuo adulto, con un cierto nivel alcanzado de autonomía, sano, y sin patología o disfunción psíquica reconocida.]

  3. Indignado dijo:

    Vamos, lo que le estoy diciendo es que, en última instancia, ese ‘hegemonikón’ está inscrito en sujetos humanos de carne y hueso, con memoria de experiencias anteriores, con determinados aprendizajes (y no otros) que los condicionan, ocupando una determinada posición en la estructura social (que les hace disponer de más o menos ‘grados de libertad'(*), con un menor sentimiento de socialidad en relación a otros seres humanos, etc.

    (*) La libertad no es una cuestión de todo o nada por lo general; podemos hablar de ‘grados’ en base a distintas variables.

    • El hegemonikon del que habla Marco-Aurelio es algo interior, una especie de tamiz por el que pasan todas las cosas que uno piensa e imagina. Y ese tamiz tiene la cualidad de dar su asentimiento o su disentimiento. Cuando lo entendí así, me pareció que servía para explicar porque el determinismo sociológico, económico, familiar, u otros no lo explicaban todo. ¿Por qué cuando una situación es totalmente adversa un individuo logra sin embargo salir adelante de un modo sorprendente e inesperado? El hegemonikon no es reductivo: siguen existiendo las circunstancias exteriores. Pero representa el punto en el que el individuo se dice a sí mismo “sí” o “no”. Y esa decisión mínima está cargada de consecuencias. Cuando un varón despechado porque su novia o mujer lo ha abandonado se dice a sí mismo que ella es una puta, consiente con ese lenguaje y con ese juicio. Las consecuencias de su arrebato posterior se deberán a la responsabilidad adquirida al admitir ese modo de pensar (que no todos, afortunadamente admiten).

  4. Indignado dijo:

    Muchas gracias por responder. Al hilo de su respuesta le planteo varias cosas, alguna de ellas basada en mi propia experiencia directa con la vida:

    1) Me plantea usted:

    “¿Por qué cuando una situación es totalmente adversa un individuo logra sin embargo salir adelante de un modo sorprendente e inesperado?”

    De esto no tengo dudas. Efectivamente unxs individuos logran salir adelante en situaciones adversas de una forma que nos puede sorprender a quienes no vivimos tales situaciones. A esto creo que lo llamamos resiliencia. Y no tengo dudas tampoco de que ese ‘hegemonikón’ pueda jugar un papel fundamental en tales respuestas de los individuos.
    La resiliencia seguramente tiene que ver con nuestra naturaleza como seres orgánicos-sujetos que “luchan” por la vida, esto es: que son capaces de adaptarse a las circunstancias adversas gracias a una ley o principio de adaptación que tiene que ver con nuestra supervivencia.
    Ese fenómeno se da, lo mismo que también existen casos de ‘indefensión aprendida’ en humanos: un concepto que ayuda a explicar el por qué algunos no son capaces de superar situaciones adversas o les cuesta más que a otrxs el hacerlo.

    2) De todas maneras usted en el comentario inicial, creo que se planteaba otra pregunta. Se las recuerdo:

    “La pregunta de la alumna era esta: ¿qué hace que unos pocos puedan oponerse a lo que muchos secundan en un momento determinado? ¿Qué los hace diferentes? La respuesta de Arendt es que esos pocos piensan, están acostumbrados a reflexionar por sí mismos y de esta manera, en una situación peligrosa, son más críticos. Pero yo misma me daba cuenta de que la respuesta era circular: ¿y por qué esos piensan y la mayoría no? ¿Acaso eso significa que algunos son, por naturaleza, valientes y muchos cobardes, y en este caso la fuerza o la debilidad de carácter no puede imputárseles?”
    Y además -haciendo suyo ese principio del ‘hegemonikón’- se respondía usted misma a la pregunta refiriéndose a la responsabilidad individual:

    “Vale, sí, estoy de acuerdo, pero en los escritos de Marco Aurelio hay algo más. Se trata del hegemonikón, una especie de guía interior que asiente o disiente respecto a las interpretaciones que se le presentan. Depende de nosotros aceptar la opinión o el juicio de valor con el que transformamos en discurso lo que nos está pasando.
    Si recibo un golpe, soy yo la que elijo que ese golpe es una ofensa o no. Si una mujer abandona a su novio o marido, es él el que interpreta que se trata de algo imperdonable. Las consecuencias pasionales de su interpretación se le pueden, por lo tanto, atribuir: es él el que es responsable de ellas.”

    3) Pues bien, no se si usted conoce algo la aproximación teórica conocida como: de las Capacidades Centrales Humanas que ha desarrollado la filósofa (especialista en filosofía griega antigua y en filosofía moral y política), Martha C. Nussbaum. Le hago esta pregunta porque para esta autora, precisamente la psicología y la moral estoica (sobre todo la del tercer periodo de la Stoa -el estoicismo romano) son una referencia teórica fundamental para la ética y las propuestas que ella ha hecho en relación al desarrollo humano dentro del ámbito de las teorías de la justicia.
    El problema es que la misma Nussbaum reconoce que el estoicismo como fundamento teórico no es suficiente por si mismo. Son necesarias otras filosofías para abordar con justicia los problemas relativos a las desigualdades humanas ya que la ética y la (“teoría”) política de las filosofía estoica tienen sus carencias y fallas. Así esta pensadora para elaborar su enfoque se ha valido -tras años de investigación- de otras éticas y filosofías: de manera fundamental también ella se apoya en la psicología y la ética de Aristóteles; y toma en cuenta: la filosofía social de Karl Marx, la concepción liberal de J. Stuart Mill, la teoría de la Justicia de John Rawls, etc., etc.

    4) Usted en su respuesta me da el siguiente ejemplo:

    “El hegemonikon no es reductivo: siguen existiendo las circunstancias exteriores. Pero representa el punto en el que el individuo se dice a sí mismo “sí” o “no”. Y esa decisión mínima está cargada de consecuencias. Cuando un varón despechado porque su novia o mujer lo ha abandonado se dice a sí mismo que ella es una puta, consiente con ese lenguaje y con ese juicio.”

    Bien, sobre este ejemplo que usted me da, le puedo plantear lo siguiente:

    ¿Qué experiencia de relaciones con mujeres (de carne y hueso, (y por tanto no me refiero aquí con las mujeres estereotipadas o arquetipizadas del cine ni tampoco con las mujeres-objeto de las ‘revistas para hombres’) aparte de la que fue su novia, ha podido tener ese hombre?

    Supongamos que muy poca… Dependiendo de “donde” haya nacido ese varón, de que “lugar” en la estructura social ocupe, del tipo de familia y de madre que haya podido tener, ese hombre podría no haberse relacionada apenas con mujeres aparte de esa novia con la que ha roto o de su progenitora, o de su abuela…
    -Ese hombre pudiera darse el caso de que no tuviese un conocimiento adquirido de la diversidad existente entre las mujeres, o de las particulares y diferentes sensibilidades de estas en relación a los hombres, ni tampoco de las semejanzas que las mujeres tienen con los hombres.
    -Y lo que es peor: ese hombre pudiera haber sido socializado y educado en un entorno familiar en el que estaba presente el machismo y la discriminación de la mujeres por el hecho de serlo. Podría incluso haber sido criado por una madre, la cual ella misma tenía asimilada una cultura machista hasta el punto de tenerla normalizada…

    5) A lo que quiero llegar es al hecho de que la educación es transmisora de valores e ideas y estereotipos de género. Entonces: en el caso del ejemplo del varón despechado porque le ha ha dejado la novia y que como consecuencia de ello llama a esa mujer ‘puta’, habría que determinar hasta que punto en un contexto de una discusión con la novia, y en una situación de posible frustración, rabia, ira o incluso sufrimiento para ese hombre, este dispone del margen de libertad suficiente como para omitir y no emitir verbalmente la palabra ‘puta’: una idea que él puede tener demasiado asimilada respecto a como son las mujeres (junto con otras ideas –más o menos estereotipadas referidas al genérico femenino: “astutas”, “interesadas”, “castas”, “más frágiles que los hombres”, “más discretas y menos habladoras que los hombres”, “más plenamente humanas que los hombres”, “más falsas o cínicas que los hombres” , etc., etc.

    6) En definitiva: creo que ese ‘principio de libertad interior’, ese “dispositivo”, el ‘hegemonikón’ de Marco Aurelio podrá o no “activarse” en el sentido adecuado (de la decisión adecuada), en algunxs sujetos lo hará y en otrxs no para una misma circunstancia adversa. Hablar de la misma libertad de decisión o de obra aquí, es por tanto algo muy relativo, debido a que no es algo que se pueda generalizar a todos los individuos. Y como corolario de esto: hablar de que todxs tenemos la misma ‘responsabilidad’ de los actos que realizamos a mí me suena a afirmación muy atrevida. Creo que no todos podemos ser igual de responsables en una situación x en la que hay que tomar un determinado tipo de decisión ya que no somos iguales unxs a otrxs. Hay diferentes factores que afectan negativamente (o positivamente) a la libertad efectiva que nos permitiría ese “dispositivo” del hegemonikón.

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