Reforma, no. ¡Revolución! (2)

También la lengua ocupa un lugar de privilegio en toda la enseñanza obligatoria como materia propedeútica. Y ese es el problema. Por supuesto que los niños tienen que aprender a manejar su propia lengua en muchos contextos y de manera cada vez más especializada y culta. Pero ni tendrían que aprenderla fuera de cualquier contexto práctico, ni tendrían que estudiarla con la misma terminología que usan los lingüistas. Ni siquiera deberían los estudiantes saber que están aprendiendo lengua.

Esto último debería aplicarse a todas las materias. Como dice Dewey, son los profesores los que tienen que saber qué están enseñando a los alumnos desde el punto de vista de la visión global que poseen de un determinado conocimiento. Los alumnos sólo tendrían que saber lo que están haciendo, o cómo lo están haciendo, pero no deberían saber qué asignatura están aprendiendo y cuánto están aprendiendo, ni con respecto a un nivel preestablecido, ni respecto a sus otros compañeros. No clasificar, ni medir el conocimiento de los alumnos de la enseñanza obligatoria: eso sería una auténtica revolución (y me consta que en Finlandia han hecho algo de esto).

Los padres de un niño que vuelve de la escuela podrían preguntarle qué ha hecho, qué ha aprendido a hacer, y no si va bien en matemáticas, en sociales o en lengua. Y el niño podría contestar que ha hecho la comida, o ha escuchado una historia, o ha escrito unas instrucciones para el uso de materiales, o ha construido unas estanterías, o ha discutido en asamblea las normas de comportamiento en el patio, o ha plantado unas habas, o ha limpiado el comedor, etc… En cambio los profesores sabrían que han enseñado medidas y pesos mientras hacían la comida, o vocabulario descriptivo al escuchar una historia, o reglas ortográficas cuando redactaban instrucciones, o geometría para hacer consistentes las estanterías, o el uso de la palabra en público, o el crecimiento de las plantas, o a ser mejores ciudadanos haciéndose cargo de la limpieza de espacios comunes.

Sueño con alumnos que no puedan repetir la terminología intrínseca a la ordenación y exposición sistemáticas de un saber. Porque no es sino ridícula palabrería cuando ellos la dicen, cuando memorizan lo que son los sintagmas nominales, pero en cambio no son dueños y señores de la lengua, ni en la escritura ni en la lectura.

A los niños de entre 7 y 8 años se les enseña a leer y a escribir en abstracto, no en el contexto de una práctica en la que tuvieran que aprender para hacer algo, sino propedeúticamente, porque ya les servirá más adelante para leer cualquier cosa. Y con esa tónica se sigue enseñando en cursos sucesivos.

Tuve que hacerme cargo, en una ocasión, de un grupo de alumnos de 1º de la ESO que iban retrasados respecto al resto del grupo. Leían con muchas dificultades, y eran tan lentos que cuando llegaban al final de una frase no recordaban lo que habían leído . Se me propuso, siempre desde un punto de vista propedeútico y abstracto, que eligiera textos sencillos. Yo los encontraba carentes de interés, aburridos, impropios para su edad. Así que intenté pensar en algún libro que fuera entusiasmante para un chico o chica de 13 años, sin tener en cuenta sus dificultades iniciales. Elegí El Conde de Montecristo.

 Los propios alumnos no podían creerse que les estuviera proponiendo una novela de más de mil páginas, pero eso mismo cambió la perspectiva con la que se juzgaban. Si yo, que era la profesora, los encontraba capaces, ellos empezaron a pensar que lo podían hacer. La novela de Dumas es dialogada en su mayor parte, por lo que yo repartía papeles y me reservaba la voz del narrador. Fue un éxito, nunca desmayaron ni se aburrieron durante las clases y aunque no puedo medir lo que aprendieron, ¿alguien duda de que, después de leer un libro como ese, los alumnos sepan mucho más y no sólo en cuanto al uso de la lengua?

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2 respuestas a Reforma, no. ¡Revolución! (2)

  1. Dolores Sánchez dijo:

    Mi experiencia con el grupo de alumnos que llamábamos de “diversificación” fue muy similar. A lo largo del curso los alumnos leían como mínimo seis libros elegidos por ellos de nuestra biblioteca de aula, conseguida con grandes esfuerzos. Un alumno, siempre solía ser alumna, hacía de bibliotecaria y organizaba los préstamos y vigilaba el deterioro o pérdida de los ejemplares entregados. Durante los seis años que tuve ese grupo solo se perdieron un par de libros y conseguimos mantenerlos en un estado aceptable. Recuerdo lo que les gustaba el relato de Borges que lleva por título “Borges y yo” y cómo disfrutaban redactando su propia biografía disociada. No hay que darles “cosas facilitas” sino dar por supuesto que son capaces de hacerlo. Eso sí, luego no hay que devolver tareas que sean una marea roja de faltas…

  2. begoña dijo:

    Por si hay alguien que, como yo, no conocía esta palabra
    (Del gr. πρό, antes, y παιδευτικός, referente a la enseñanza).
    1. adj. Perteneciente o relativo a la propedéutica.
    2. f. Enseñanza preparatoria para el estudio de una disciplina.

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