Los cuatro programas de radio sobre “La felicidad según Spinoza”

Estos son los links de los cuatro programas de RNE (Radio Nacional de España) sobre el libro La felicidad según Spinoza (colección “Filosofía para profanos”, editada por Los libros de Fronterad, distribuidos por Librerantes).

Primer programa, 2/11/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-felicidad/3781996/

 

Segundo programa, 15/11/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-felicidad-ii/3802548/

 

Tercer programa, 23/11/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-felicidad-iii/3809452/

 

Cuarto programa, 30/11/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/felicidad-iv-maite-larrauri-filosofia-para-profanos/3815701/

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Los cuatro programas de radio sobre “La libertad según Hannah Arendt”

Aquí están reunidos los cuatro programas de Radio Nacional de España, realizados a partir del libro La libertad según Hannah Arendt (colección “Filosofía para profanos”, editado por Los libros de Fronterad, distribuido por Librerantes).

Primer programa, 05/10/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-libertad/3744327/

 

Segundo programa, 12/10/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-libertad-ii/3753665/

 

Tercer programa, 19/10/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-libertad-iii/3761730/

 

Cuarto programa, 26/10/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-libertad-iv/3771515/

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Los cuatro programas de radio sobre “El deseo según Gilles Deleuze”

No lo cuento todo de este libro. Pero algo sí.

Para el que tener todos los programas, aquí están reunidos.

El primero, del 07/09/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-deseo-segun-gilles-deleuze/3712099/

 

El segundo, del 14/09/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-deseo/3719799/

 

El tercero, del 21/09/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-deseo-iii/3728370/

 

El cuarto, del 28/09/2016:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-deseo-iv/3736633/

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Programa de radio del 14/09/2016. Segunda parte de “El deseo según Gilles Deleuze”.

Segunda charla sobre el concepto de deseo de Gilles Deleuze, en el programa Gente Despierta de Radio Nacional de España, en la madrugada del 14 de septiembre 2016.

Los filósofos plantean sus ideas a partir de una crítica o revisión de lo que se piensa espontáneamente. Primero determinan lo que no comparten y después afirman su propia teoría. Así hacía Sócrates y ese es el camino de la filosofía por antonomasia.

Gilles Deleuze critica en primer lugar nuestro sentido común acerca de lo que es el deseo, lo que es desear. Pensamos que deseamos aquello de lo que carecemos. El deseo es carencia. Si deseo ese coche es porque no lo tengo.

A partir de la idea de que el deseo señala una carencia, pensamos que hay deseos buenos y malos, o sea moralizamos: aconsejamos que lo mejor es no desear porque es prueba de satisfacción, y por ello hay que controlar, racionalizar al máximo.

Termino esta charla con la definición algo críptica (y que explicaré en el próximo programa) del deseo según Deleuze: el deseo discurre por una concatenación de objetos

Aquí está el link del programa:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-deseo/3719799/

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Programa de radio del 7/09/2016. Primera parte de “El deseo según Gilles Deleuze”.

El 7 de septiembre, de madrugada, en el programa Gente Despierta de Radio Nacional de España comienzo una serie de cuatro charlas explicativas de mi libro El deseo según Gilles Deleuze.

En esta primera cuento por qué considero a Gilles Deleuze mi maestro. Lo que me ha enseñado es una concepción de la filosofía. Por un lado que la filosofía no es un territorio sagrado, y por lo tanto Deleuze está en el origen de la idea que me llevó a escribir una “filosofía para profanos”. Por otra parte, que la filosofía, como la música pop, tiene que hacer que nos movamos, que movamos nuestras ideas.

Una filosofía pop ofrece conceptos con los que pensar. Si adoptamos un concepto, este hará que algo se desplace en nuestra cabeza. Habrá conseguido su objetivo.

Para mí “el deseo” es el concepto clave para entender y para entrar en la filosofía de Deleuze. No digo que sea el único, sólo pienso que si a mí me ha servido, también puede ser de utilidad para otros.

Aquí está el link del programa:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/gente-despierta/filosofia-para-profanos-maite-larrauri-deseo-segun-gilles-deleuze/3712099/

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La recta opinión (con una aplicación a Pablo Iglesias)

Hay opiniones y opiniones. No sólo por sus contenidos, lo cual es una obviedad, sino también por el significado mismo de lo que es una opinión. Cuando estudiamos la Grecia Clásica nos encontramos con un doble significado y, para entendernos, hemos acordado en distinguir la “opinión” de la “recta opinión”.

Hannah Arendt nos ha ayudado a entender esta distinción. Según esta pensadora, Sócrates quería combatir las evidencias y los significados irreflexivos mediante la “recta opinión” de cada cual. Y esto le parecía esencial para la convivencia ciudadana en la medida en que la vida política, en muchas ocasiones, depende de comprenderse unos a otros y saber de qué se está hablando. Una comunidad tiene que reflexionar acerca de qué actos son virtuosos, qué ciudadanos son valientes, quienes son los mejores. Las palabras “virtud”, “ciudadanía” o “valentía” son palabras de uso corriente, pero a Sócrates le parecía que se da por descontado casi siempre que se sabe de qué se está hablando cuando se emplean, y en cambio no es así.

El interrogatorio socrático no tenía por objetivo demostrar que sus conciudadanos creían saber de qué hablaban y no era el caso, es decir, no pretendía ponerlos en ridículo -aunque en ocasiones ese era el resultado- sino más bien hacerlos reflexionar. Su idea de la vida en común consistía en la participación de un diálogo entre ciudadanos para que cada cual aportara su punto de vista sobre la ciudad. Descartaba, por lo tanto, que pudiera haber una verdad única sobre las cosas y defendía que cada individuo veía lo que sucede desde un lugar propio: el resultado de la combinación de perspectivas diferentes ofrece un mundo hecho de verdades múltiples combinadas entre sí mediante la palabra.

La mayeútica tiene como objetivo que cada cual diga cómo es el mundo desde su propio punto de vista, porque todos tenemos ojos, y todos tenemos capacidad de pensar. El mundo se nos aparece a nuestros ojos y a nuestra mente, y por eso yo puedo formular esta frase, que siempre es verdadera: “así es como veo yo las cosas”. No es como las ves tú porque yo estoy aquí y tú allí, pero es bueno que tú sepas cómo se ven las cosas desde aquí y yo vea cómo se ven desde tu perspectiva. Eso nos hace más libres, menos encerrados en nuestro punto de vista particular.

Si afirmo que el mundo común está formado de una diversidad de puntos de vista y que todos son verdaderos, inmediatamente ya estoy oyendo quienes clamarán contra el relativismo del “todo vale”. En efecto, sin más explicación parecería que lo que dice Arendt sobre Sócrates nos conduce a tener que aceptar como válidas todas las opiniones (en griego clásico “se me aparece” se decía “δοκεί μου” y la palabra “δόξα”- o sea doxa, opinión- derivaba del verbo δοκέω). Y aquí es donde viene la diferencia entre opiniones y rectas opiniones: sólo las rectas opiniones son verdaderas. Es más, lo que Sócrates enseñaba era a luchar contra las opiniones elaborando rectas opiniones.

Una recta opinión tiene que cumplir dos condiciones para serlo. Por una parte tiene que poder ser razonada ante quienes escuchan. Por otra, tiene que poder hacer visible el lugar desde donde se emite.

La primera condición sola no sirve. Es la segunda condición la que marca la diferencia, porque se trata de que quien opine haga valer su experiencia, desvele el modo en el que vive, y por el que ha llegado a tener esa opinión. Es una condición de autenticidad: soy yo la que digo esto, porque yo he vivido en este lugar, y desde aquí es así como se ven las cosas. Y ahora puedo cumplir la primera condición y razonar mi opinión en base a que lo que digo puede ser explicado a quienes no viven así, ni han tenido esa experiencia. Si por el contrario falta esta segunda condición, aún cuando se razone la opinión, si quien la emite no incorpora desde dónde habla y opina, la opinión no posee la característica de ser una reflexión nacida de una misma y por lo tanto no es una recta opinión.

En nuestro mundo, ciertamente más complejo que la democracia en tiempos de Sócrates, existen aparatos productores de opinión mucho más poderosos que la simple ágora en la que los atenienses se encontraban y discutían. La prensa y sobre todo las televisiones logran hacer evidentes ciertas opiniones irreflexivas y conforman lo que pensamos. No distinguimos entre la información y la interpretación, y adoptamos las opiniones y sus razones sin partir de uno mismo. El δοκεί μου que tiene su origen en lo que los medios me ofrecen a la vista y al oído no es experiencia, las imágenes y los sonidos que llegan hasta mí han sido seleccionados por el medio. Me hago una opinión, en efecto, pero no mediante mi experiencia, sino de lo que veo a través de un filtro que otros han puesto y que quiere ser invisible.

Vamos al ejemplo que me ha hecho recordar todo esto. He oído a mi alrededor de manera repetitiva (tanto que me sorprende que algunas personas no hayan encendido una luz de alarma ante la persistencia de la misma opinión): “A mí me parece que Pablo Iglesias es un prepotente, un frívolo, un macho alfa”. Se trata de una opinión tan torcida que quienes la sostienen pueden aducir argumentos contradictorios sin parpadear. Haga lo que haga, Pablo Iglesias no deja de caerles mal: si abre las piernas al hablar en público porque abre las piernas, si llora porque llora, si se ríe porque se ríe, si se enfada porque se enfada.

Un modo sencillo para descubrir si se trata de una opinión recta o torcida es preguntar, a quienes juzgan de esa manera al líder de Podemos, si lo han escuchado o leído fuera de los filtros habituales. Por lo que yo he visto y he analizado, Pablo Iglesias se me aparece como una persona inteligente, culta, buen analista, curiosa, capaz de escuchar, de interesarse por lo que otros dicen. Tiene, por tanto, algunas de las virtudes que yo reconozco en el buen ciudadano, en el buen político. Sus intervenciones en “Otra vuelta de Tuerka” me han recordado, con algunas salvedades, a un entrevistador como Bernard Pivot, presentador del famoso programa francés “Apostrophes”. Conduce impecablemente los debates de “Fort Apache”. Y las veces que lo he leído o escuchado en una conferencia siempre me ha enseñado algo.

No lo conozco personalmente, nunca lo he visto, ni me lo he encontrado. Pero conozco a alguien que sí que se lo encontró una vez y cuyo testimonio he incorporado al juicio que me merece. Hace unos años, cuando Pablo Iglesias no era Pablo Iglesias, en un restaurante de La Granja, Carlos García Santa Cecilia, mi editor en Fronterad, estaba sentado con Andrés Cassinello que explicaba algo de su libro divulgativo de física cuántica. Pablo Iglesias, que todavía no lo era, se levantó de su mesa y pidió disculpas por haber escuchado la conversación, al tiempo que solicitaba poder acercarse para seguir mejor las explicaciones. Cuando se despidieron, les dio una tarjeta de la televisión la Tuerka en la que trabajaba.

Estoy dispuesta a que se me dé una opinión que puede, por supuesto, no coincidir con la mía. Pero sólo si se trata de una recta opinión, basada en una experiencia en primera persona, que revele a partir de dónde se ha formado ese juicio. Lo que se me aporte en este sentido lo añadiré a las perspectivas que ya poseo. Pero quiero sustraerme tanto como me sea posible a esas opiniones sobre todas las cosas de este mundo que los medios de comunicación nos transmiten. También hay una revolución pendiente en lo que respecta al modo como aprendemos a juzgar y a forjarnos una recta opinión.

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Antígona política

En 1976, unos meses después de la muerte de Franco, me encontraba terminando la carrera de Filosofía, y en una de las asignaturas tenía que leer y comentar La Fenomenología del Espíritu de Hegel. Estaba más que harta del libro. En particular de la minuciosidad y precisión con la que Hegel analiza el personaje clásico de Antígona.

Como es sabido, los dos hermanos de Antígona han muerto en la guerra civil que asola Tebas, pero cada uno pertenecía a un bando diferente. Creonte, su tío, gana la guerra y pretende ensalzar como héroe a uno de los dos y, en cambio, dejar sin sepultura al otro, por ser enemigo (una historia que conocemos en España: el Valle de los Caídos y las cunetas sin nombre). Antígona, en nombre de una ley superior a la de la ciudad, anterior a cualquier constitución política, desobedece a Creonte y hace todo lo posible por enterrar con dignidad al hermano vencido.

Hegel concluye que las mujeres encarnan un principio divino, más acá de la cultura, por el que acceden a una especie de universalidad inmediata, natural: el valor fundamental de la familia antes de la polis. Por eso son “la eterna ironía de la sociedad”. Por el contrario los varones representan un tipo de universalidad mediata, a través de su inserción como ciudadanos en una sociedad regida por leyes. Esta diferencia entre hombres y mujeres que Hegel establece parece que no resta mérito al papel de las mujeres. Y sin embargo, me fastidiaba, y mucho.

Cansada de revolverme en la silla mientras estudiaba, decidí airearme y me dirigí a la librería Viridiana de Valencia. Y allí, repasando los lomos de los libros que se encontraban en los estantes dedicados a la filosofía, de repente lo vi. Fue una iluminación: el libro se titulaba Escupamos sobre Hegel, su autora -desconocida para mí-, Carla Lonzi.

Era justamente eso lo que yo deseaba hacer, escupir sobre Hegel. No rebatirlo, ni discutirlo sino desmentirlo en la acción, en la práctica. Escupir es un acto, no un discurso, lo que sale de la boca no son palabras sino desprecio, altanería, descaro, valentía. Todo eso es lo que me animaba a hacer aquel insólito título, a despreciar una cultura en la que las mujeres aparecen constantemente inferiorizadas, a pelear con valentía en contra del papel secundario que la historia nos había asignado, a levantar la cabeza con orgullo ante tantas ofensas.

Carla Lonzi afirma en su libro que no hay que dejarse confundir por la aparente importancia que Hegel parece atribuirles a las mujeres, porque ningún varón desearía volver a nacer, si tuviera que hacerlo como mujer, aunque eso significara encarnar un principio divino. Y plantea su forma de pasar a la acción, su modo particular de escupir sobre Hegel: ¡destruyamos la familia!

Lonzi escribió este manifiesto en los años sesenta y, en efecto, está hablando, entre otras cosas, de la alternativa hippy a la familia. Yo lo leí en 1976 y opté por otra salida, por ambicionar una ciudadanía plena para las mujeres. Aunque podía entender la afirmación de Lonzi acerca de que el divorcio no destruye la familia sino que la apuntala, no por eso dejaba yo de celebrar que en España finalmente fuera posible una ley del divorcio.

He vuelto a leer con atención este texto, 40 años después, en uno de los seminarios que organiza Alessandra Bocchetti en el centro cultural Virginia Woolf de la Casa Internazionale delle Donne de Roma. Y la relectura me ha hecho entender que aparte de las dos maneras descritas de escupir sobre Hegel – destruir la familia o convertirnos en ciudadanas- en todo este tiempo ha sucedido algo más, algo ciertamente irónico (no sé si como demostración de que somos esa eterna ironía de la sociedad o qué): algunas feministas han hecho otra cosa, a saber, no escupir, sino ensalzar a Antígona y tomarla como modelo.

Antigona como modelo ha funcionado siempre que hay de por medio una guerra. Así lo hizo Simone Weil en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Se entiende que es uno de esos momentos en los que hay que oponer a la locura de la violencia un humanismo superior que busca la resolución de conflictos superando el lenguaje de confrontación bélica mediante el acercamiento entre las partes. Pero no estoy de acuerdo en usar a Antígona como paradigma de una virtud intrínseca de las mujeres tal y como algunas feministas han hecho.

Lonzi distingue entre igualdad jurídica e igualdad existencial y afirma que si bien es justo luchar por una igualdad jurídica, ella no desea para las mujeres una igualdad existencial que cancele la historia y la experiencia de las mujeres. Esta es una de las tesis en las que se apoyó el potente movimiento feminista italiano de la diferencia sexual. Ahora bien, la distinción entre igualdad jurídica e igualdad existencial hizo que gran parte de ese movimiento desdeñara la igualdad en cualquiera de sus significados, lo que a mis ojos explica que los resultados en la sociedad italiana hayan sido más escasos de lo que la inteligencia y la fuerza de esas feministas hacía suponer.

Me parece que se puede formular una tercera manera de escupir sobre Hegel: hacer surgir una Antígona política. Superar la Antígona apolítica y al mismo tiempo impedir que se disuelvan las ciudadanas en una neutralidad asexuada. Ciertamente pienso que en la historia de la emancipación de las mujeres hay un antes y un después. En esto me declaro partidaria de los valores de la Ilustración: hace falta una igualdad jurídica primero, lo que me lleva a afirmar que en los países en los que esta no existe, difícilmente se puede entender que exista la libertad de las mujeres. Pero al mismo tiempo creo que las mujeres son portadoras, por su propia historia, de un humanismo diferente del que siempre se ha formulado con tintes masculinos.

No hay que dejar la política sólo en manos de los hombres, no hay que retirarse a un mundo moral superior, más inocente y más virtuoso. Tampoco hay que uniformarse con los hombres que hacen política. El libro de Carla Lonzi nos hizo una llamada a la acción, y creo que la acción que hoy nos interesa es la de gobernar en pie de igualdad con los hombres, para modificar desde nuestra diferencia existencial, mejorándola, la ciudadanía de todos, hombres y mujeres.

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