Maternidad intensiva

Es un hecho que existe lo que Beatriz Gimeno llama en su libro (La lactancia materna. Política e identidad) “un mandato de lactancia”. Basta entrar en Internet, o visitar el reparto de embarazadas o la consulta de pediatría de un hospital para comprobar que el discurso único, hoy en día, es el de la lactancia materna. “El pecho es mejor” es un mantra científico y popular, y esa combinación de ciencia y de sentido común lo hacen aspirante a ser hegemónico.

Pero el objetivo de este libro no es llevar la contraria, sino explicar cómo y por qué se ha forjado una identidad de maternidad intensiva en torno a la lactancia, entendiendo por ello, además de dar de mamar exclusivamente, hacerlo a demanda (y no con un horario), poner en práctica un apego madre/bebé en el porteo (al brazo, al pecho, a la espalda) y el colecho (en vez de cuna, durmiendo con la madre). Y todo esto por un tiempo muy prolongado, que puede llegar, en según qué aspectos, a los 6 años. Se entiende que se llame “maternidad intensiva” porque la madre, con este programa, poco más puede hacer. La pregunta es obvia: si las mujeres que hoy en día defienden esta maternidad fueron criadas muchas de ellas con leches maternizadas o de fórmula y no parece que su salud se haya visto afectada, si sus madres lucharon para introducirse en el mundo de los estudios, del trabajo y de la política, si las feministas de los años 70 pensaban que la reproducción tenía que ser socializada, ¿qué ha pasado? ¿Por qué la identidad de maternidad intensiva tiene todas las características de una identidad hegemónica? El alcance del libro es muy superior al de una crítica, lo que Gimeno expone sirve para entender cómo se forjan identidades y cuál es la relación entre las identidades y el mundo de la política.

Sin duda, hay que recurrir a la teoría foucaultiana como hace Gimeno para explicar la construcción de la identidad. Así que me permito utilizarlo a mi vez. Las relaciones de poder no son relaciones de dominación, dice Foucault: la dominación puede ser dura, pero deja intacto el territorio de la desobediencia. En cambio el poder consiste en conducir conductas, sin obligar externamente; la acción sobre una misma es muy eficaz cuando es una misma quien se conduce a sí misma, eligiendo un comportamiento que desea adoptar. La constitución de la subjetividad, la identidad, no es sino obediencia a una misma. Por eso, tantos pensadores han insistido en la idea de que la imaginación y el deseo son fundamentales en la construcción de identidades, y que sin ellos no pueden entenderse los cambios políticos o los movimientos sociales. Se ha llegado a hablar de “política del deseo” para designar que la hegemonía cultural es en primer lugar lo que hay que conseguir, si se pretende un cambio importante en la sociedad, un cambio revolucionario.

Beatriz Gimeno establece dos aspectos fundamentales de una identidad fuerte, como es la de la maternidad intensiva: combinar ciencia y transgresión. Por un lado, la verdad científica tiene un poder enorme en la conducción de conductas, es quizá el instrumento más poderoso para lograr la obediencia voluntaria. Foucault nos advirtió del poder de sumisión de la verdad. Y Arendt señaló que, en el territorio de las ciencias humanas, no debe tener cabida la verdad científica a riesgo de que, de lo contrario, la libertad peligre. Antes de seguir quiero aclarar que ninguno de los dos se refieren a la verdad de los hechos sino a la verdad de las teorías explicativas. Es un hecho que el SIDA se transmite por la lactancia y sería negacionista quien dijera lo contrario, pero es una teoría establecer que los bebés criados con apego y lactancia prolongada gozan de mejor salud que los que lo han hecho con leches de fórmula (Gimeno expone pormenorizadamente que no hay pruebas conclusivas al respecto, por lo que no se puede establecer como un hecho). Sin embargo, cuando son médicos, pediatras, y organizaciones mundiales las que afirman determinadas teorías, las refuerzan con su autoridad, para presentarlas al público a través de sus escritos divulgativos como si se tratara de verdades fácticas.

La bondad de la lactancia materna se ha convertido, a partir de los años 80, en una verdad incuestionable, en una evidencia de esas que pasan al sentido común, se instalan y parecen eternas. Los embarazos se han medicalizado y la infancia también: ginecólogos, matronas, enfermeras y pediatras son unánimes al afirmar las virtudes de la leche materna. Además se han publicado infinidad de estudios que intentan demostrar la cantidad de enfermedades que se evitan los bebés amamantados por la madre (desde las gastroenteritis, hasta las dermatitis, los problemas respiratorios, diferentes tipos de cáncer, infecciones de oídos). Algunos llegan a sostener que los bebés con lactancia materna tienen un mayor coeficiente intelectual. La proliferación de estos escritos está autorizada por las posiciones de la OMS y UNICEF. He leído con escándalo una declaración de la OMS, del 2010, en la que se dice textualmente que aun cuando el virus del SIDA se transmite por el embarazo y la lactancia, la lactancia natural “es uno de los factores más decisivos para mejorar la supervivencia del niño”; o la de UNICEF en la que se concluye que “las madres que amamantan contribuyen a que el país tenga niños más sanos, inteligentes y seguros de sí mismos”.

Así pues, los estudios médicos, con rarísimas excepciones, las revistas divulgativas, las instrucciones de los pediatras, la publicidad de los hospitales, todo lleva a la conclusión de que “el pecho es mejor”. Es una norma universal sostenida por la OMS y UNICEF. Y sin embargo, la sorpresa es que las partidarias de una maternidad intensiva se ven a sí mismas como transgresoras. Se sitúan como teniendo que combatir contra una sociedad que no da cabida a la práctica de la maternidad intensiva. Se consideran a sí mismas, militantes, guerreras, opositoras, cuando la norma, la única norma es dar de mamar. No hay información ni en las redes, ni en los libros de divulgación, ni en los diversos estudios acerca de otra opción diferente. ¿Por qué entonces la maternidad intensiva se plantea como trasgresora? Gimeno responde que no es atractivo estar dentro de la norma, de manera que hay que presentarse como resistentes y opositoras, lo que además ayuda al sentimiento de formar parte de una comunidad, un sentimiento fundamental desde el punto de vista de la identidad.

A partir de estos dos pilares -ciencia y transgresión- se tejen los demás elementos de esta identidad: es más natural, y por tanto ecológica, empodera los cuerpos de las mujeres que han sido tradicionalmente el lugar de la dominación masculina, propone una percepción de una misma como un yo activo que fabrica y elige su propia vida. Es feminista, ecologista, transgresora y científica. ¿Quién da más?

En la práctica ofrece también la autoconciencia, una versión siglo XXI de la autoconciencia: los blogs sobre lactancia materna, lo que se ha llamado “mamasfera”. Es un hecho que las mujeres que han dado a luz se sienten solas y aisladas en los primeros tiempos de crianza. En algunos países existen redes públicas de apoyo: enfermeras que te visitan a casa diariamente y te ayudan a manejarte con el bebé, guarderías o casas nido en las que puedes dejar al bebé por unas horas. Pero son casos excepcionales. Lo normal es que te las tengas que apañar con tus medios, con tu familia, rara vez con tus amigas a menos que ellas también sean madres. Las dudas, los sufrimientos, el malestar que se te manifiesta cuando deberías estar feliz y contenta, todo eso que las feministas tomaron en cuenta para montar los grupos de autoconciencia en los que las mujeres dejaran de encontrarse aisladas, hoy lo suple la red. Ahora bien, la mamasfera sostiene la opción de la lactancia materna, no sirve para otras experiencias.

Podría pensarse que, en efecto, ha triunfado la identidad fuerte de la maternidad intensiva. Pero si bien ha triunfado en el terreno de la prescripción, las mujeres están muy lejos de seguir este modelo. Los resultados en cuanto a la práctica de la lactancia materna son mediocres (Gimeno pone de manifiesto un elemento clasista: la maternidad intensiva triunfa entre las mujeres que pueden permitírsela). ¿Por qué preocuparse entonces?

Por un lado, porque la batalla no ha terminado, puede que la maternidad intensiva al presentarse como ecológica y feminista, al tener todos los elementos de una identidad fuerte, todavía tenga mucho recorrido. Y ese recorrido va paralelo al dominio del neoliberalismo en las políticas sociales: todos los elementos de políticas públicas de sostenimiento de la reproducción quedan arrinconados desde el momento en que se hace de la maternidad una experiencia de relación entre la madre y el bebé, sostenida por las redes de apoyo de la mamasfera. Todo lo que la esfera política pueda aportar para hacer la vida de las madres más llevadera será contestado desde la importancia del desarrollo saludable del bebé. La maternidad intensiva hace recaer sobre los hombros de las mujeres todo el proceso de crianza: las hace protagonistas, ellas desean este protagonismo y cualquier medida que pudiera situarlas un poco al margen es denostada como patriarcal (a modo de ejemplo, las encendidas discusiones en red sobre los permisos intransferibles).

Pero si algo es feminista es no permitir que la experiencia de las mujeres quede muda porque se ha establecido que ciertas decisiones contrarias a la maternidad intensiva son propias de malas madres. Y ese es el resultado de la identidad de maternidad intensiva apoyada masivamente en las redes: las mujeres que fracasan en los estándares que se han propuesto para ser unas buenas madres acaban sufriendo y en ocasiones sin entender por qué sufren. La maternidad intensiva pone la identidad maternal en el centro de la identidad femenina, clasifica a las madres en buenas madres y malas madres, impide entenderse a una misma, si no aceptas el discurso de la lactancia. Este libro rompe una lanza a favor de las madres que no quieren seguir este modelo.

Las madres lo hacen lo mejor que pueden. Y lo tienen que hacer siendo lo más felices posible. Hay que apoyarlas a todas: a las que se adaptan a la lactancia y a las que quieren que la lactancia se adapte a ellas; a las que dan de mamar y a las que no; a las que dando de mamar se piensan como un destino y a las que hacen un uso más laico de la lactancia; a las que deciden sacrificarse por el bebé y a las entusiastas de su trabajo que quieren por encima de todo conciliar. A las que piensan también en sí mismas y a las que no.

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Viajar sin moverse del sofá

Nunca he estado en Rusia. Y sin embargo este verano, gracias al libro de Masha Gessen El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo, he viajado a lo largo de los últimos 30 años de su historia. Dudo que cualquier tour me hubiera acercado tanto a este país como lo han hecho las reflexiones, las anécdotas, los relatos vividos de este libro.

La tesis del libro está clara y lo dice su subtítulo: Rusia es un país totalitario. Es más, es el país totalitario de más larga duración dentro de la modernidad occidental, 75 años de totalitarismo con algunas pequeñas fisuras durante los años 80 y 90 del siglo XX. Como siempre, el desafío, ante una situación única, es comprender. Y este libro quiere darnos algunas claves para hacerlo.

Existe una situación material casi permanente y continua desde el inicio de la revolución rusa hasta nuestros días, que puede ser tomada como el punto de partida irrenunciable para cualquier intento de explicación: la escasez.

La historia que el libro de Gessen nos narra arranca en 1980 . Describe la cantidad de tiempo que la inmensa mayoría de los soviéticos invierte en buscar comida o medicinas. No es una situación de hambruna, pero sí de dificultad de encontrar los productos en las tiendas, lo que determina los largos periplos que hay que hacer para adquirirlos. La década de la perestroika, los 80, hizo proliferar todo un pequeño comercio que facilitó enormemente la vida cotidiana, pero ya en 1991 se vuelve a las cartillas de racionamiento y en 1998 se genera el pánico del bloqueo económico en las cuentas bancarias, debido al impago de la deuda. Una de las protagonistas entrevistada por la autora recuerda la angustia que tuvo cuando se dio cuenta, en los 90, de que la venta de compresas estaba amenazada y que quizá tendría que volver al uso del algodón, como había sido práctica habitual de su madre.

Otro de los lugares en los que la escasez está presente es la vivienda. La carencia de apartamentos, la necesidad de compartir poquísimos metros cuadrados, el hacinamiento. No te mueres de hambre por tener que compartir cocina y baño con otra familia en una casa diminuta, ni por no tener compresas, pero te mueres de asco. Es eso lo que explica que Gessen hable tan a menudo de la lucha por la supervivencia de los ciudadanos soviéticos: la experiencia de la escasez ha estado presente a lo largo de tres o cuatro generaciones y ha entrado a formar parte de un modo de razonar y de encarar la vida.

Esta situación se agrava si tenemos en cuenta la enorme desigualdad que el régimen soviético ha provocado entre la vida de los funcionarios y la vida de todos los demás. Como dice Gessen, el partido comunista se veía a sí mismo como un grupo ilustrado que comprendía la marcha de la historia y que estaba destinado a dirigir al pueblo hacia el comunismo. Y ese papel histórico tenía su recompensa. En el oeste de Moscú, donde se concentraban los dirigentes y afines del Partido Comunista, se vivía de otra manera. Las tiendas eran mejores, los parques más amplios, el aire más puro, las escuelas mejores. Se multiplicaban los cercados dentro de los cuales la vida cotidiana era de una calidad superior: apartamentos amplios, bienes de consumo sin restricciones, viajes posibles, educación de élite. La desigualdad se plasmaba no en forma de dinero, sino en algo que podría ser descrito como agrupación geográfica.

Gorbachov llamó “totalitario” al régimen que parecía haber sido derrocado en los años 80. Masha Gessen cita a lo largo de su libro en múltiples ocasiones a Hannah Arendt para respaldar esa opinión. La libertad que se opone al totalitarismo y de la que habla Arendt se manifiesta en el pensamiento y en la acción. Sin libertad de pensamiento, sin diálogo interior entre uno y uno mismo, no es posible la formulación de una opinión, de un juicio, basados en la experiencia y no en los prejuicios de una ideología. La libertad de acción exige la existencia de un espacio público. Ahora bien, en ese espacio público los ciudadanos dan a conocer sus puntos de vista, por lo que hay una secuencia temporal: primero hay que poder pensar, y después hay que poder actuar.

El diálogo interior exige oposición y contraste. Cuando alguien se detiene a reflexionar porque no está a gusto con lo que muchos dicen, o con lo que el discurso dominante dice, o con lo que el lenguaje le permite decir, tiene que abrirse camino con otras palabras, con otros conceptos diferentes. El sentido común dominante, producido por el cine, la televisión, los periódicos, los discursos, los libros de texto, crea unos juegos de lenguaje en los que se traduce la experiencia. Para oponerse al sentido común y al mundo de evidencias que este pone ante los ojos, se necesita un contrapunto, algunas palabras de rebeldía, de diferencia, otros relatos, diríamos hoy en día.

Gessen nos muestra que en Rusia las personas apenas tienen la posibilidad de llevar a cabo un diálogo interior. “Los soviéticos -dice- no pueden entenderse a sí mismos”. El libro incide en múltiples ocasiones en el hecho de que, en la Unión Soviética, las ciencias sociales o ciencias humanas apenas han existido y apenas se han desarrollado. Ya en 1921 existió lo que se conoció como el “barco de los filósofos”, la deportación en masa de pensadores a Siberia, en unos momentos difíciles para el despegue de la revolución. Ese fue el inicio de un desprecio y de una sospecha hacia todos los saberes que provinieran de ese ámbito: historia, antropología, sociología, filosofía, economía, psicoanálisis. Sólo las ciencias exactas y la tecnología se desarrollaron de manera notable. Gessen aporta numerosos ejemplos, anécdotas, historias vividas. Así, cuando en los años 80 la sociología intenta despegar, los profesores y expertos carecen de método y de instrumentos de análisis, están a años luz de lo que en Occidente se practica. A veces les parece que están reinventando la pólvora. Y cuando se llevan a cabo tímidos intentos, la falta de traducciones y la prohibición expresa de manejar algunos autores (por ejemplo a Bourdieu) hacen la tarea imposible.

De la misma manera, resulta tristemente paradójico que en la patria de Lou Andréas Salomé, en la que en los años 20 todo Freud estaba traducido al ruso y existía una escuela piloto de pre-escolar psicoanalítica, la facultad de psicología creada en los 80 se dedique a diseccionar ranas y sólo se pueda hablar de Pavlov.

Esta desautorización y restricción de las ciencias humanas tiene su explicación en una concepción del marxismo según la cual los individuos están enteramente moldeados por la sociedad y por las condiciones materiales. En los años veinte se escribieron manuales de marxismo en los que quedaba establecido el determinismo social y por lo tanto la aparición del “hombre nuevo”. El marxismo era una ciencia como las ciencias exactas y en él estaba ya toda verdad sobre los humanos demostrada. Las ciencias humanas eran innecesarias y si alguien quería reivindicarlas, era sospechoso de occidentalización.

Cuando Hannah Arendt se declara en contra de los discursos que se presentan como verdaderos en el terreno de las relaciones humanas, es porque piensa que la libertad desaparece, ya que la verdad es lo que no puede ser discutido. Si aceptamos que el territorio de las relaciones humanas puede estar sujeto a la verdad, no se podrán manifestar opiniones diferentes. Arendt no dice que todo pueda o deba ser discutido: una cosa es el establecimiento de los hechos y otra muy diferente la interpretación histórica. Hubo seis millones de judíos exterminados en campos de concentración, hubo más de un millón de muertos por hambre y frío en el sitio de Leningrado, y eso son hechos. Los historiadores y las personas en general pueden preguntarse por las decisiones que acompañaron estos hechos y juzgarlas correctas o incorrectas. Si no pueden hacerlo porque existe un único discurso que se mantiene como verdadero, se anula toda posibilidad de existencia de puntos de vista diferentes.

El marxismo se consideraba a sí mismo como única fuente de verdad en lo que respecta a la actividad y la psique humana; así pues, las ciencias humanas, históricas, sociales, no eran necesarias. Y Gessen se pregunta: “Si un país no tiene sociólogos, psicólogos o filósofos, ¿qué puede saber sobre sí mismo? ¿Y qué pueden saber sobre sí mismos sus ciudadanos?”.

En realidad los ciudadanos de un estado totalitario, en su mayoría, no entran nunca en contradicción consigo mismos, es decir no entablan nunca un diálogo consigo mismos, es decir no piensan. No se trata de que todos los ciudadanos de un país para ser libres tengan que haber leído a Freud, a Nietzsche, a Wittgenstein, a Bourdieu, a Foucault, etc. Démosle crédito a lo que Gramsci exponía acerca del papel de los intelectuales en la formación y transformación del sentido común. Los intelectuales escriben artículos y guiones de películas, letras de canciones y libros de texto, programas de televisión, editoriales de opinión y secciones radiofónicas. Y a través de estos medios introducen unas formas de hablar, unos relatos más o menos plurales. A la gente común, sin leer a ninguno de los grandes pensadores, historiadores, filósofos o psicólogos, le llegan esas teorías por vía de la cultura popular. Pensemos por un momento en la importancia que las teorías feministas han tenido sobre la vida y la libertad de las mujeres en Occidente: no hace falta que la mayoría haya leído los libros de las feministas para que les hayan alcanzado sus efectos. Y pensemos, entonces, en lo que significa que en un país no entre ninguno de esos discursos, porque todo esté ya dicho y demostrado en una única fuente de conocimiento y de verdad.

Cosntituye un ejemplo paradigmático, la actitud hacia el colectivo LGTB. Durante la perestroika hubo congresos y marchas. Fue un momento de apertura, se abrieron “agujeros de aireación”, pero duraron sólo 10 años, demasiado poco para acabar con la historia pasada, un tiempo tan breve que no permitió tampoco que hubiera un mínimo cambio cultural. Las Pussy Riot acabaron en la cárcel. Con el cierre provocado por Yeltsin y después Putin, en Rusia se persigue a los homosexuales porque se les considera pedófilos. Para ser aceptado como candidato a ser maestro, tienes que pasar un test psicológico que detecta instintos pedófilos. Pero, ¿qué pasa con las lesbianas?, dirá cualquier persona que lea esta crítica. Pues les contesto con la afirmación de un eminente profesor de la Universidad Estatal de Moscú. “En Rusia, no hay lesbianas”.

No se trata de terror. Eso lo hubo, pero ahora mismo el totalitarismo se mantiene sin el terror. El totalitarismo soviético es un contrato social por el que la gente está a salvo de la violencia siempre y cuando mantenga ciertos límites. Pero los límites no están fijados de una vez por siempre. Si así fuera, sería más fácil vivir en el totalitarismo de lo que en realidad es. El “homo sovieticus” sabe que en ocasiones esos límites cambian y que hay que estar atento a esos cambios: la familia puede considerarse una opción burguesa y occidental hoy, pero mañana hay que defender a la familia para incrementar la natalidad. A veces se afirman antinomias que hay que sostener contemporáneamente, como cuando se dice que los rusos son diferentes por sus 75 años de historia diferente, pero acabaran siendo como el resto de los países occidentales. Hay que estar alerta para afirmar en cada momento lo que toca afirmar, hay que saber adaptarse. El objetivo de esta adaptación a las antinomias y a los cambios es otra de las formas que adquiere la supervivencia.

Masha Gessen, como algunos de sus compatriotas exiliados, rusos de origen, que le han servido para escribir este libro, es pesimista. Una frase repetida entre alguna gente en Rusia es “no hay futuro”. Y si no lo hay, según la autora, es porque el futuro es pasado. Porque los rusos, que durante 75 años no se han permitido ningún tipo de reflexión porque carecían de los instrumentos para ello, no han podido entender lo que les ha pasado ni en los tiempos del estalinismo, ni con la apertura de la perestroika. No pudiendo saber qué son ni qué futuro pueden proyectar, han buscado su identidad en el pasado, en lo arcaico, lo simple, lo primitivo, “lo nuestro”, la tribu. Han añorado la autoridad indiscutida del paternalismo como modo de ejercer el poder . En el 2008, a la pregunta por la persona más importante de su historia el primer puesto por mayoría popular lo obtuvo Stalin. El segundo Putin.

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No sólo habitación, también un tiempo propio

Hasta el momento yo pensaba, según Bergson me había enseñado, en la existencia de dos tiempos bien diferenciados, a saber, el tiempo matemático -el que marcan los relojes y es medible por cualquiera- y el tiempo vivido-ese tiempo subjetivo que se confunde con nuestras urgencias, miedos, alegrías o desesperanzas. Me parece que el libro de Virginia Woolf Mrs. Dalloway los señala perfectamente: mientras de manera inexorable el Big Ben marca las horas de un día de junio, Mrs. Dalloway nos muestra toda su vida, y 24 horas matemáticas se convierten en la esencia misma de lo que ella es, algo inconmensurable o que sólo posee una medida particular y subjetiva. Leyendo los ejemplos de Bergson, pensé en una expresión que las mujeres nos decimos unas a otras ante la inminencia de un parto y que encierra virtuosamente los dos tiempos, el medible y el vivido: “¡Que tengas una horita corta!”.

Ahora bien, el libro de Jorge Moruno No tengo tiempo me ha enfrentado a otra realidad, a una actualidad en la que ambos tiempos, el matemático y el vivido se confunden para no formar más que una amalgama no medible, aunque esta vez no por motivos subjetivos: cuando no se puede separar el tiempo de la vida del tiempo del trabajo, cuando no hay horas de trabajo bien delimitadas, el proyecto de una vida está totalmente integrado, formado y transformado por lo que es rentable desde el punto de vista de la producción y del valor económico. “Somos -dice Moruno- como un móvil perpetuamente enchufado”.

El resultado es que el tiempo de trabajo, que en un pasado -el de mi propia vida laboral- estaba escandido por los horarios y los calendarios, tiende ahora a ocupar la totalidad de la vida, y por lo tanto no se mide, porque para qué. Ahora las personas pueden ser comparadas entre sí gracias al tiempo vital del que disponen. Esta es la nueva desigualdad: hay a quien le falta más el tiempo, el tiempo hoy en día es como la riqueza. Quizá lo que separaba a Virginia Woolf de su criada no era sólo que una tuviera una habitación propia y otra no, sino que Nelly Boxall tenía que dejar de escribir su diario de improviso para pelar los guisantes de la cena. Cuestión de tiempo, y no sólo de espacio.

Usando el mismo referente que usa el autor, podría decir que este libro se nos ofrece como la pastilla roja de Matrix, esa que nos revelará la negrura y la porquería del mundo en el que vivimos. Si la elegimos, a pesar de que con la pastilla azul seguiríamos en un mundo de colores, estas son algunas de las cosas que empezaríamos a vislumbrar.

Para empezar, hay que entender que lo que hay que combatir no es exterior a nosotros mismos sino que está encarnado en nuestros deseos y eso lo hace todo más difícil porque, aunque nuestra conciencia nos dicta, en honor a la verdad, que tomemos la pastilla roja, desearíamos que el mundo se pareciera al que nos presenta la pastilla azul.

El mundo de nuestros deseos y aspiraciones está en gran medida pergeñado por la publicidad. La publicidad -dice Moruno- produce mundos. Ya Deleuze nos había explicado que el deseo nunca es deseo de esto o de aquello, deseo de lo que se carece, sino que el deseo es una corriente que fluye entre los objetos concatenándolos. Los publicitarios lo saben y nos presentan unas imágenes de un mundo apetecible: no deseamos un coche sino un estilo de vida en el que está comprendido ese coche.

Y en esta sucesión incesante de imágenes estamos atrapados. Nuestras vidas tienen más de virtual que de presencial. Así nos imaginamos la vida, así la reproducimos instantáneamente en un fluir continuo de fotos, vídeos, mensajes. Vidas, claro está, radiantes y felices. Nuestros deseos se han convertido en necesidades, en demandas, y eso ha espoleado el inmenso mercado de mercancías. Porque todo puede aparecer en pantalla, todo es susceptible de convertirse en mercancía. Si hay dos palabras que la publicidad agita de manera constante, estas son “libertad” y “felicidad”. Hay que ser libre y feliz. No perder la sonrisa, ser positivos, eliminar los conflictos, vivir el máximo de experiencias (y sobre todo fotografiarlas para que todo el mundo vea que somos felices y que vivimos vidas maravillosas).

La ecuación que Moruno nos presenta es clara: la vida feliz de la virtualidad publicitaria, incorporada como estilos de vida a los que se aspira, tiende a totalizar la existencia; en la existencia real el empleo escasea, es precario y no da para cubrir las necesidades básicas; la vida precaria está lejos de las vidas esplendorosas que nos presenta la publicidad; pero la publicidad también ofrece una imagen positiva a la que agarrarse y con la que superar esa situación: hazte emprendedor, hacedor, un doer. Ya no se trata entonces de ir a la fábrica, porque en la fábrica no hay trabajo, sino de ser uno mismo una fábrica. Y de esa manera es como se borra la diferencia entre el tiempo del trabajo y el tiempo de la vida: ya no hay trabajo y vacaciones sino que nos encontramos ante las “trabacaciones”.

El mundo de los emprendedores es muy amplio porque la vida misma es un yacimiento de negocios. Todo lo que tenemos cada uno de nosotros es susceptible de convertirse en un servicio para un público que pide cada vez mejores servicios (y no mejores condiciones de vida, como apunta Moruno), servicios que externalizan necesidades, necesidades que se han visto multiplicadas por la ampliación de nuestros deseos.

La diferencia entre un trabajo y un servicio se encuentra de nuevo en el tiempo: un trabajo fija un horario, un servicio se basa en la disponibilidad, o sea en la ausencia de horario. Del desempleo nace la ignominia que se hace llamar “economía colaborativa”: Uber, Airbnb, Deliveroo. Poner en el mercado lo que antes no estaba en el mercado, hacer provechoso económicamente lo que se tiene (una casa, una habitación, una bicicleta, un coche). Aprovechar el tiempo para ganarse la vida. Mi sorpresa de persona mayor cuando he descubierto, gracias a Moruno, que existen aplicaciones que te ofrecen abrazos para dormir la siesta.

En definitiva, cuando el empleo escasea y se precariza, lo que nuestra sociedad nos ofrece son “soluciones para realidades infames sin cuestionar lo infame que es la realidad”. Como dice Moruno, deberíamos preguntarnos, ante los servicios que solicitamos, quién es esa persona que con su tiempo nos hace conseguir tiempo porque no tenemos tiempo. Y comenzaríamos entonces a ver el otro lado de la luna.

Moruno cita profusamente a los filósofos. Sabe, con Wittgenstein, que pertenecer a una sociedad, ser miembro de una comunidad hablante, obliga a incorporar una reglas del juego, unas prácticas o formas de vida, que acabamos confundiendo con el único juego posible. También sabe, con Spinoza, que nuestros conocimientos y nuestras verdades siempre son parciales e impugnables. Cuando afirma que “podemos elegir qué comprar pero no un modelo de vida basado en la compra” junta ambos saberes: no podemos elegir la sociedad en la que devenimos lo que somos, pero podemos atisbar que el mundo no está comprendido todo él en ese juego único, lo que es ya una puerta de salida.

Hay que cambiar las relaciones, las prácticas y los imaginarios, si queremos otro tipo de bienestar, otro concepto de riqueza, otro remedio para la pobreza y para la injusticia. Es digno de tener en cuenta la atención que le merece a Moruno el feminismo. Le ha enseñado algunas certezas que provienen de lo que el feminismo sostiene: que la independencia que los varones adquirieron con el trabajo remunerado, con la venta de la fuerza de trabajo y el salario, fue posible gracias a la dependencia de las mujeres, que se ocuparon en todo momento del trabajo no productivo, de la vida reproductiva. Y este esquema de relaciones hombre/mujer, que no ha pasado a la historia, es una llamada de atención hacia el hecho de nuestra dependencia mutua. Posee una virtud, que no es la de que las mujeres verdaderamente tenemos menos tiempo que los hombres, sino mostrarnos que existe una riqueza fuera del mundo del empleo, no medida por el tiempo del trabajo, que prioriza el bienestar y la atención hacia la vida, la de quienes nos rodean, con los que formamos comunidad.

Si la tendencia general es a que cada vez haya menos empleo, eso no tendría que ser ni motivo de nostalgia, ni origen de reivindicaciones absurdas. La mecanización de muchas tareas horribles es una cosa estupenda. Nos lo recuerda Moruno apelando a la película Billy Elliot, al convencimiento del padre del chico bailarín de que es bueno librarse de ser minero. No sirve tampoco la aspiración, que se repite como un mantra, del pleno empleo, o del aumento del empleo. En una ocasión le oí a Moruno decir que mientras la izquierda siguiera reivindicando el descenso del paro estaríamos sosteniendo un mundo de precariedad.

De esos razonamientos nace su defensa de la Renta Básica Universal (RBU). El libro combate lugares comunes acerca del fomento de la pereza, y otros males asociados, para hacernos concebir que quizá eso o algo así podría ser, en efecto, una solución más deseable que el aumento de vidas precarias, sin tiempo para nada, al servicio de la monetarización de todas las actividades humanas.

Lo que garantiza la RBU no es un dinero sino un tiempo, un tiempo garantizado. Un tiempo que puede hacer que los talentos y los proyectos no se pierdan por culpa de la precariedad, una cooperación no enfocada al beneficio económico, una participación política que hoy en día los pobres tienen vetada por falta de tiempo. Como dice el autor, siempre ha causado escándalo que los pobres tengan tiempo, ya sucedió con las vacaciones pagadas.

Es cierto que este libro no satisface la necesidad que tenemos al leerlo de que nos ofrezcan una solución deseable, por fuera del consumo y del mercado. Sólo algunos atisbos. Abre, sin embargo, las ganas de seguir reflexionando. Y nos da a conocer, a los más mayores, algo más de esta generación del 15M. El libro termina afirmando “es nuestro tiempo”. Pues sí, eso mismo dijimos nosotros también en los años 70 del siglo XX: “d’un temps, que ja es un poc nostre”. Ahora es el tiempo de nuestros hijos y de nuestros nietos, un tiempo que, visto desde el prisma de Jorge Moruno, es creativo y entusiasta. Gracias por haberlo escrito.

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De cómo bajarle los humos a la izquierda que se siente superior moralmente

Mientras leía el libro de Ignacio Sánchez-Cuenca La superioridad moral de la izquierda, se me hacía presente que yo que lo leía era una mujer, que el libro era muy interesante y que justamente Sánchez-Cuenca escribía con voz propia, como hay que hacerlo. Irremediablemente soy feminista, lo que declaro con la alegría de tener también yo voz propia y con la conciencia de que no puedo sortear esa necesidad.

Las tesis y las demostraciones que encierra este libro giran en torno a la práctica política, práctica a la que, no nos olvidemos, las mujeres son unas recién llegadas. Nombro algunas de esas tesis: que la política tiene raíces morales que pueden ser trascendentes, que la izquierda tiene valores superiores porque el comunismo es una proyección política del imperativo categórico kantiano, que la no superioridad moral de la derecha la hace, sin embargo, intelectualmente superior.

La trascendencia de la moral, su anterioridad como principio, está en el origen de la política democrática que se nutre de los discursos de la Ilustración, el momento de la autoconciencia de la libertad. Los filósofos y pensadores ilustrados establecieron sus razones para criticar las desigualdades humanas y la falta de libertad, la necesidad de los humanos de tomar sobre sí la tarea de realizar un mundo que se pareciera más a ellos mismos, a lo mejor de ellos mismos, que se alejara del autoritarismo, de la ignorancia, de los dogmas. Y todo ello, como un viento potente, insufló los movimientos revolucionarios que se generaron en América, en Europa. Ahí nace la izquierda, y de ahí nace su sentimiento de superioridad, de esa razón, de esa verdad que se propone encarnar.

Ni qué decir tiene que los pensadores ilustrados fueron varones, con algunas mujeres en torno, con algunas suficientemente fuertes y decididas como para elevar su voz y decir la suya. A veces aspiraron a poco, otras lograron poco, otras fueron acalladas, reprimidas, incomprendidas, olvidadas. Por encima de todo eso, flotó, y aún flota, la opinión, que el propio Sanchez-Cuenca sostiene, de que el discurso ilustrado es universal, o sea válido para todos, hombres y mujeres, de este o de aquel continente, de esta o de aquella raza.

Sánchez-Cuenca apela a una línea de continuidad de la grandeza moral: la regla de oro de la empatía, ya presente en el cristianismo (“No le hagas a los demás lo que no quieras que hagan contigo”) alcanza su formulación filosófica en el imperativo categórico kantiano (“Actúa según una máxima que puedas desear al mismo tiempo que se convierta en ley universal” o “Actúa de tal manera que tomes la humanidad como un fin y nunca como un medio”). Formulación perfecta, si no fuera porque el punto débil está en aquello a lo que se refiere con la palabra “humanidad”. El propio Kant aborda esta cuestión en su famoso escrito “¿Qué es la Ilustración?”. Comienza su artículo denunciando la cobardía y la ignorancia en la que se encuentran sumidos los humanos: se comportan como menores de edad. Pero esa situación no es necesaria, dice Kant, los humanos pueden atreverse a pensar por sí mismos, no son menores de edad por naturaleza aunque se comporten como tales y por eso pueden salir de esa condición; ahora bien, eso mismo no sucede con las mujeres porque ellas son menores de edad (“la totalidad del bello sexo” dice Kant, supongo que para dorarnos la píldora) y por eso siempre necesitarán tutores de su desvalimiento intelectual y vital.

Así pues la humanidad que puede liberarse, que puede avanzar, que puede tomar las riendas de su propio destino porque es capaz de pensar por sí misma, organizando la vida social y política de modo más racional y humano, es la humanidad adulta, a la que accederán los menores de edad varones, pero de la que están de entrada canceladas las mujeres porque ellas siempre serán menores de edad.

Se me puede decir que el discurso universalista kantiano puede ampliarse a las mujeres, negando el supuesto de minoría de edad, como las mujeres han demostrado poder hacerlo a lo largo de los últimos cien años, y todo seguiría siendo válido, la Ilustración seguiría siendo un ideal hermoso, nos incluimos en él y seguimos adelante. Y sin embargo, tengo mis dudas.

Ya Hannah Arendt, una mujer filósofa, puso en tela de juicio que el imperativo categórico kantiano sirviera como vacuna contra la ignominia, al denunciar que muchos filósofos e intelectuales alemanes, la mayoría de los cuales pertenecían a la escuela kantiana, inventaron sofisticadas teorías para justificar el nazismo. Les bastó negar humanidad a una parte de la humanidad, a saber a los judíos, homosexuales y gitanos.

También Gramsci puso un contra-ejemplo aplastante: el varón que maltrata, golpea, asesina a una mujer por adúltera actúa de tal manera que desea al mismo tiempo que la máxima que encierra su acción se convierta en ley universal, a saber que todo varón debe actuar para dejar a salvo su dignidad de varón, castigando a la mujer que la mancilla. Y, en efecto, los varones la han convertido durante demasiado tiempo en ley universal, esa ley no escrita que todavía hoy insufla a veces las sentencias de los jueces. En este caso, el desmentido del imperativo kantiano aún se hace más contundentemente porque las mujeres no somos una parte de la humanidad, somos una cualidad de la humanidad. La humanidad se presenta como varón y como mujer. Un judío, un negro, un homosexual, un africano es antes que nada varón o mujer (y si no lo tiene claro, se planteará cuál es su identidad de género, y si no quiere identidad de género, negará la dicotomía varón/mujer, pero siguen siendo esos los dos sexos básicos de la humanidad).

Sánchez-Cuenca habla del libro negro del comunismo, en el que estarían consignadas todas las barbaridades que se han hecho en nombre del comunismo. No se podría escribir un libro negro del machismo porque sería el libro del mundo, la Historia. Por eso creo que la superioridad moral que cree la izquierda poseer se redimensionaría con sólo pensar en lo que durante estos dos últimos siglos han hecho y han justificado los varones socialistas y comunistas en cuanto a su relación con las mujeres. Y eso es bueno, es muy bueno, porque si seguimos el razonamiento de Sánchez-Cuenca la causa de la inferioridad intelectual de la izquierda se encuentra en sus excesos de ideologización, y si tomamos el punto de vista de Errejón, en su prólogo a este libro, la derrota de la izquierda hay que atribuirla a la creencia de que existe una verdad moral anterior a la política.

La ideología, dice el autor, es una especie de guía para la acción. Sin duda, en abstracto, que unos valores morales indiquen qué se debe hacer y cómo se debe hacer nos parece una cosa valiosa. El problema es que esta guía ofrece sus líneas y propuestas de acción como un paquete de propuestas, solidarias unas con otras. Si analizamos el conjunto de esas propuestas no encontraremos argumentos válidos para sostener que necesariamente tienen que ir juntas. ¿Por qué -se pregunta Sánchez-Cuenca- una persona de izquierdas tiene que estar a favor del aborto y de los impuestos progresivos? Su respuesta se basa en las ventajas que tiene para el individuo poder orientarse y organizarse en el mundo, y eso lo facilita la adhesión a una ideología. Aunque no emplea la palabra “pertenencia”, creo que está describiendo este fenómeno: la seguridad, la fuerza, la tranquilidad de pertenecer a un colectivo ideológico, de poder decir “nosotros”. La filósofa Simone Weil sostenía que las ideologías eran doctrinas, dogmas, como los de una iglesia y por eso se atrevía a llamar a los partidos políticos “pequeñas iglesias profanas”. Esa apreciación está en sintonía con lo que Sánchez-Cuenca expone, a saber, que cuanto más ideologizada está la persona, más segura de su percepción del mundo se vuelve, más intolerante se muestra con los que están fuera de su “iglesia”, y es más incapaz de recibir información que no sea la que confirma sus prejuicios (y para ello, internet es un instrumento diabólico).

Pues bien, la solidez de los principios morales en los que se asienta la ideología de izquierdas, la superioridad moral de la que se creen investidas las personas de esa ideología, la razón que siempre piensan que les asiste, tiene como resultado la debilidad intelectual que se muestra en no investigar situaciones ni soluciones a los problemas por fuera de lo que ya saben y consideran verdadero. La derecha por el contrario, menos interesada en trascender este mundo y luchar por otro mejor, no corre el peligro de ideologización extrema y se vuelve más prágmatica, más partidaria de poner en funcionamiento, por ejemplo, institutos de ideas e innovaciones, think tanks, encargados de estudiar los procesos económicos. La izquierda acaba por saber poco de economía y no consigue transmitir a los votantes la seguridad de que sabrá gobernar los asuntos importantes.

Sánchez-Cuenca ofrece una solución: considera que la socialdemocracia se encuentra a mitad camino entre la trascendencia moral de la izquierda que desea superar los límites de lo existente y la actitud de la derecha que se conforma con gestionar lo que hay, haciendo una política de la inmanencia. No lo voy a discutir, sino que quiero hacer pensar en algo más o en algo distinto. El mundo plural del feminismo es transversal porque revisa justamente esos paquetes cerrados que las ideologías elaboran. Una feminista estará a favor del aborto, pero puede disentir en cuanto a los impuestos progresivos. Lo que el último 8 de marzo hizo visible fue justamente eso. La pluralidad del feminismo es una garantía de que no incurrirá en el defecto que hace fracasar a la izquierda, el de sentirse en posesión de la verdad.

Pero lo quiero decir con las palabras de Errejón, que elabora a su modo los tres ejes por los que tiene que discurrir una política ganadora que no renuncia a cambiar el mundo.

Uno, hay que enamorarse de la trascendencia, entendiendo por trascendencia la capacidad de imaginar un mundo que justamente trasciende los límites de este. Pero es fundamental que sepamos pensar un mundo que también se parezca a las mujeres, por supuesto que a lo mejor de nosotras mismas, y no sólo a los hombres. Porque nosotras somos otra cualidad de lo humano.

Dos, no hay que creer que existen principios morales generales cuya posesión determina una situación de superioridad. La Historia y la experiencia de las mujeres nos ha hecho a las feministas muy escépticas con los grandes principios, ninguna iglesia ha tomado en consideración la libertad y la felicidad de las mujeres, tampoco las “iglesias profanas” de izquierdas.

Y tres, la verdad no pertenece al mundo de las ideas sino al de las realidades políticas, las verdades terrenales. Una de esas verdades terrenales que nos puede hacer sentirnos orgullosas es que la revolución feminista no ha dejado tras de sí ni un sólo muerto, quizá justamente porque nunca ha tenido en mente una idea abstracta.

El libro se declara como ensayo. Un ensayo es un ejercicio del pensamiento. Nada puede gustarme más que esa idea de experimento, de prueba, que está encerrada en esa palabra. Escribir con libertad -lo decía Foucault y lo pueden decir todos aquellos que lo hacen- es una actividad crítica del pensamiento, para ver si es posible pensar de otra manera, pensar otra cosa. En eso estamos.

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Anécdotas como clave

¿Se puede encontrar un vínculo entre las teorías de un/a filósofo/a y su vida? Se debería poder encontrar, o creo en las teorías desencarnadas. Pero tampoco resulta fácil saber qué elementos de la experiencia de un/a pensador/a son relevantes. Sus biografías, cuando existen y cuando son de fiar, no acaban de satisfacerme. Por eso he buscado en sus propios escritos aquellos detalles que pudieran ser reveladores de un estilo, de una elección, de un viraje, de un cierto sabor.

Estos son los programas de TV2, “Para todos la 2”, emitidos desde octubre del 2017 hasta junio del 2018, en los que he seleccionado aspectos que pueden parecer irrelevantes o anecdóticos: una palabra, una imagen, una confesión

Sócrates y sus últimas palabras:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-maite-larrauri-habla-figura-del-filosofo-socrates/4256313/

Hannah Arendt y lo que declaró a propósito de sus amigos:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-maite-larrauri-comenta-vida-pensamientos-hannah-arendt/4296314/

Platón y “su” caverna:

http://www.rtve.es/m/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-filosofia-para-profanos-recordamos-figura-platon/4334941/?media=tve

Simone Weil y la guerra civil española:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-maite-larrauri-cuenta-anecdotas-vivencias-simone-weil/4414721/

Deleuze y la filosofía pop:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-maite-larrauri-reflexiona-sobre-figura-gilles-deleuze/4467799/

Rosa Luxemburg y sus lágrimas ante el sufrimiento:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-rosa-luxemburgo/4510677/

Spinoza y su particular entomología:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-maite-larrauri-pensamientos-filosofia-baruch-spinoza/4562569/

Foucault y sus demostraciones:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-maite-larauri-acerca-filosofo-historiador-frances-michel-foucault/4597587/

Camus y Tipasa:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-maite-larrauri-habla-su-idea-del-tiempo-uso-metaforas/4627010/

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Una frase más en 5 minutos

Michel Foucault: “Lo que ha sido construido históricamente, puede ser destruido políticamente”

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18 frases en cinco minutos cada una

Platón: “El Estado en el que gobiernen los que no quieren gobernar será el mejor Estado”

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John Dewey: “La educación no es una preparación para la vida, sino que es vida”

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Friedrich Nietzsche: “¿Es esto la vida? Pues, venga ¡otra vez!”

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Albert Camus: “Fui colocado a media distancia entre la miseria y el sol”

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Inmanuel Kant: “La Ilustración es la salida del hombre de su culpable incapacidad”

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Simone Weil: “Un colectivo no hace una suma”

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Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se deviene mujer”

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Epicuro: “El principio y raíz de todo bien es el placer del vientre”

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Gilles Deleuze: “¡Haced rizoma, no raíz!”

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Hannah Arendt: “We are beginners” (“somos comenzadores”)

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Marco-Aurelio: “Las cosas no tocan la mente”

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Baruch Spinoza: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”

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Antonio Gramsci: “Todos los hombres son filósofos”

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Virginia Woolf: “Las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural”

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Sócrates: “Una vida sin examen no merece la pena de ser vivida”

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John Austin: “Decir algo es hacer algo”

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Henri Bergson: “La risa tiene una función social”

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Michel de Montaigne: “Que la muerte me pille plantando mis coles, sin preocuparme por ella, ni por la imperfección de mi jardín”

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